La ADE cumple 25 años
por Juan Antonio Hormigón.
En este año 2007, la ADE cumple veinticinco años:
tiene, en consecuencia, un cuarto de siglo a las espaldas. Paso a paso,
burla burlando, ha recorrido este trecho de la historia construyendo a la
par la suya propia. Es legítimo que todos aquellos que han intervenido
en este viaje, tengan el derecho e incluso el deber de sentirse orgullosos
al contemplar el recorrido.
Ha sido éste un proceso plagado de tenacidad, esfuerzo y sobresaltos.
Lo sé bien porque lo he vivido en su totalidad. En diferentes ocasiones
Ángel Fernández Montesinos, Guillermo Heras y yo mismo hemos
relatado aquellas conversaciones y trabajos iniciales que nos condujeron
a la asamblea fundacional y constituyente en junio de 1982. Nada fue fácil
después sino todo lo contrario. El salto adelante se produjo en 1987,
cuando pudimos contar con una sede propia y poner en marcha los proyectos
más genuinos que deseábamos realizar.
Estos veinticinco años nos proporcionan un balance de acontecimientos
y realizaciones objetivos y constatables. Muchos pensaron que era imposible
realizar tanto desde la sociedad civil y con recursos limitados. No hemos
sido parcos a la hora de exponer nuestras realizaciones y explicar sus contenidos
y objetivos. Aunque tiempo habrá de hacer los oportunos balances,
ciertamente hemos logrado poner en pie una revista, ADE-Teatro, que cuenta
ya con veintidós años de existencia y obtuvo en 2003 el más
alto galardón a publicaciones teatrales, la Medalla de Oro de la
Trienal de Novi Sad; una editorial que tiene dieciocho años cumplidos
y más de doscientos títulos en sus cinco colecciones; hemos
celebrado trece Congresos, dieciocho seminarios monográficos y decenas
más de seminarios diversos, cursos, conferencias, presentaciones,
etc. Todo ello ha tenido en muchas ocasiones proyección no sólo
interna sino también en el conjunto de la comunidad teatral, y en
numerosas ocasiones, en la sociedad.
Gracias a nuestros convenios con el Instituto de la Mujer del Ministerio
de Trabajo y Asuntos Sociales, hemos creado conjuntamente el Premio María
Teresa León para Autoras Dramáticas y hemos podido abordar
diferentes proyectos de investigación sobre las autoras y las directoras
de escena en el teatro español, que han desembocado posteriormente
en su publicación. Al mismo tiempo, hemos procedido a la recuperación
de las obras literariodramáticas de numerosas escritoras. La colaboración
con la Concejalía de las Artes del Ayuntamiento de Madrid nos ha
llevado a la puesta en pie de la colección Los Premios Lope de Vega,
en la que se recogen las obras ganadoras y los accésits desde el
inicio de este galardón. Con AISGE realizamos un programa de edición
de los clásicos de la puesta en escena y de libros que representan
aportes concluyentes para las artes escénicas.
La ADE se ha consolidado como asociación igualmente en el plano de
la representación pública y profesional. Aprobamos un Código
Deontológico de los directores de escena, que es el primero que se
instaura entre las profesiones de las artes escénicas. En este año
pretendemos enunciar también un Código similar de la crítica.
Ello ha sido posible gracias a la presencia en nuestra entidad de una numerosa
sección de teatrólogos y diseñadores escénicos,
que se constituyó hace 14 años. Ello nos ha llevado a ser
la Sección Española de la Asociación Internacional
de Críticos de Teatro (AICT), de cuyo Comité Ejecutivo forma
parte. Así mismo hemos desarrollado una red de intercambios y relaciones
internacionales, preferentemente con Hispanoamérica.
A todo ello habría que añadir el crecimiento de nuestras relaciones
institucionales. Además del INAEM y la Consejería de Cultura
de la Comunidad de Madrid, hemos establecido programas específicos
con Gobiernos y Consejerías de Cultura, Diputaciones y Ayuntamientos
de las diferentes Autonomías, así como con organismos y entidades
culturales extranjeras. En los últimos años ha aumentado también
la cooperación con universidades españolas y extranjeras,
sobre todo en el terreno de las publicaciones.
En 2006, en colaboración con AISGE, elaboramos y procedimos a la
presentación de las Bases para un Proyecto de Ley del Teatro. Ha
sido con toda seguridad la iniciativa de mayor calado de todas las que nos
hemos propuesto. Nuestra pretensión no ha sido otra que avanzar el
trabajo para que las formaciones políticas puedan disponer de un
documento que les permita la redacción del que debe discutirse en
el parlamento.
El 25 aniversario de la ADE constituye para nosotros antes de nada una meta
más que hemos alcanzado. Creemos haber realizado año tras
año nuestros programas con solvencia y eficacia. Lo acumulado a lo
largo de este tiempo supone nuestro mayor patrimonio, material pero en mucha
mayor medida conceptual y cultural. Esto ya nadie nos lo puede quitar porque
responde a realidades evidentes, objetivas y tangibles. Poco importa que
determinados sujetos o entidades miren hacia otro lado, que no quieran ver
lo que hacemos, a la postre son ellos los que quedan en ridículo,
los que no cumplen con su función o con las responsabilidades inherentes
al lugar que ocupan. Existen muchas formas de antipatriotismo y comportamiento
irresponsable, y ésta es una de ellas.
Este aniversario será nuestro gran emblema en este año y lo
celebraremos de forma adecuada. Quiero hacer por último un llamamiento
a los colegas de la ADE, a la comunidad teatral, a todos aquellos que desde
las instituciones o la sociedad nos apoyan y siguen nuestra labor, para
que participen del regocijo que nos invade contemplando el futuro desde
nuestros primeros 25 años.
La manifestación
por Laura Zubiarrain
El terrible atentado de Barajas del pasado 29 de diciembre, con el saldo de dos muertos y una masiva destrucción en los aparcamientos de la T4, produjo en la ciudadanía la repulsa y la condena habitual en estos casos. La Federación de Asociaciones Ecuatorianas en España, como es bien sabido, convocó una manisfestación de repulsa contra el terrorismo en unión de los sindicatos UGT y Comisiones Obreras. Se invitó a que se sumaran a la misma a las formaciones políticas y entidades de la sociedad civil.
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Un amplio segmento de asociaciones culturales se declaró favorable
a dicha iniciativa. La ADE lo hizo a su vez sumándose al Manifiesto
elaborado por la plataforma cultural. Nuestra postura cívica era
la de pronunciarnos contra el terrorismo y contra ETA, nada más y
nada menos. Algo que era perfectamente asumible por todos los ciudadanos
con sentido común. No fue así. De inmediato el Partido Popular
se declaró en contra. En el lema, «Por la Paz, Contra el terrorismo»,
faltaba una palabra según decían: ¡Libertad! ¿Por
qué no otras muchas, justicia, por ejemplo, que parece más
concreta? En cualquier caso los organizadores la incluyeron de todos modos
en aras de la unidad. El PP tampoco lo aceptó, todo les resultaba
insuficiente, y no acudió a la manifestación y con él
entidades como la Asociación de Víctimas del Terrorismo o
el Foro de Érmua.
¿Qué puede pensar de todo esto la ciudadanía? ¿Cómo
se negocia un acuerdo cuando, al parecer, los objetivos son comunes, si
una parte dice que si no se hace lo que desean no son de la partida? No
hay que ser extraordinariamente perspicaz para colegir que el PP había
decidido no asistir aunque se modificara el lema cuantas veces hiciera falta.
Todo ello por una simple cuestión: lo que realmente le importa es
la recuperación del poder a cualquier precio. Todo vale para este
negocio. Parece que el esquema utilizado hace años de exacerbar la
tensión como rédito electoral que les dio buen resultado,
sea el único argumento que son capaces de esgrimir.
Como ciudadanos tenemos el derecho de manifestar nuestras opiniones. Como
sujetos productores de cultura, el deber de adoptar una postura más
concreta. Resulta incomprensible que el pronunciamiento de apoyo a la manifestación
de un amplio abanico de entidades culturales, pueda provocar el rechazo
violento por parte de los agentes mediáticos del PP sin ahorrarse
injurias ni procacidades. No es de recibo que la decisión de unos
ciudadanos de acudir a una manifestación contra el terrorismo y contra
ETA, sea recibida con las expresiones que hemos podido escuchar y leer.
La peor parte se la han llevado los actores, quizás por creerlos
más vulnerables Los voceros mediáticos del PP no han vacilado
en definirlos como «titiriteros», «polichinelas»,
dicho todo ello con ánimo ofensivo. Lo primero que se nos ocurre
pensar es si ellos se miran al espejo y se atreven a definir sus comportamientos.
Durante años, a muchos nos ha merecido el máximo respeto el
sr. Iturgaiz, así como María San Gil y todos aquellos cargos
públicos y ciudadanos del País Vasco que tienen que existir
acompañados de escoltas, con riesgo de su seguridad y en condiciones
de acoso. El hecho de que no compartamos sus opiniones en numerosos casos,
nada quita para que nos sintamos solidarios con la situación que
padecen por hacer uso de sus derechos constitucionales. Por eso causa estupor
escuchar en una entrevista radiofónica que le hacían al señor
Iturgaiz, diputado europeo en la actualidad, refiriéndose a los actores
y demás gentes de la cultura que eran convocantes de la manifestación:
«¡Me repugnan!». ¿Cómo puede repugnarle
que unos ciudadanos ejerzan un derecho constitucional, idéntico al
que él reclamaba para sí en su tierra y con el que nos sentíamos
comprometidos? ¿A qué grado de pérdida de control hemos
llegado, para que un cargo público significativo del PP se exprese
en términos tan soeces hacia los profesionales de la escena por ejercer
su civilidad?
Con lo grave para la convivencia democrática que es todo esto, la
cuestión tiene no obstante un calado mayor. El hecho de que los vociferantes
injuriadores piensen que los actores en no pocos casos tengan que vivir
del público, les lleva a considerar que debían callarse. En
definitiva convertirse en ciudadanos de segunda carentes de opinión.
Lógicamente, en el momento en que se instaurara un mecanismo distinto,
en el que la subsistencia de los actores dependiera de la sociedad y no
del público de forma servil, en que lo que se valorara de una vez
por todas fuera su maestría en el desempeño profesional y
no un cortejo de cuestiones subsidiarias, se alcanzaría su condición
ciudadana plena y su respeto incontestable por la comunidad. Claro que para
ello quizás debiera modificarse a su vez la mentalidad de no pocos
actores. Las declaraciones, por ejemplo, del señor Luppi, serían
consideradas tan sólo como las de un ciudadano notable por la proyección
pública de su labor. Es lógico que muchos no las compartan
y quieran responderle, pero eso no puede hacerse mediante las descalificaciones,
las injurias o las amenazas, como se ha hecho.
Estuve en la manifestación con un numeroso grupo de gentes de la
cultura, no sólo actores. Muchos otros quizás estaban diseminados
por el cortejo, pero los allí reunidos caminábamos tras una
pancarta de la Unión de Actores que había dispuesto un abnegado,
entusiasta y eficaz servicio de orden. Todos los que me rodeaban tenían
una opinión similar: estaban allí para pronunciarse contra
el terrorismo y contra ETA, y en solidaridad con los dos trabajadores ecuatorianos
muertos. Nadie manifestó que lo hacía para apoyar al señor
Rodríguez Zapatero. Supe después que un grupo sí lo
hizo, pero sólo lo constaté al verlos en televisión.
Sus voces ni tan siquiera llegaron hasta nosotros. Es posible que alguien
pensara que la manifestación tenía otros fines, pero no era
ése el ánimo de la mayoría de los participantes.
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Siendo todo lo dicho de sonrojante gravedad, igualmente lo son otros hechos
que sólo en apariencia proceden de bando diferente. Alguno de los
organizadores madrileños del acto, no se recató un ápice
en reclamar «caras conocidas» en cuanto a los actores que debían
aparecer. Nada digo de lo que podía opinar del resto. Poco le importaban
las diferentes organizaciones convocantes, lo que suponen como trama constitutiva
de la sociedad civil, como lo son los sindicatos; lo que quería eran
«caras», fuera cual fuera su ejecutoria o su entidad. De hecho,
en la cabecera de la manifestación se «dieron» unas decenas
de plazas, tras no poca rebatiña, a las «caras conocidas»
a fin de que dieran lustre a la «mani».
¡Lástima! La actitud de este zaborrero gremialista perfilaba
los mismos rasgos despreciativos de los denostadores mediáticos.
No tenía ningún respeto hacia los actores como profesión,
ni al resto de los sujetos de la cultura. No debe extrañarnos. Sus
actos responden a la práctica tan común ahora, de que la apariencia
se sitúe por encima del conocimiento o del trabajo o de la representatividad.
Su mente está amoldada por la aceptación del neoliberalismo
como único horizonte. No saben ni quieren hacer política,
sino tan sólo publicitar su marca para venderla mejor y que los electores
adquieran más votos en su día.
Los actores harían bien en no dejarse seducir por estos cantos de
sirena, que por su tosquedad son demasiado evidentes. Mientras no se alcance
un respeto real, basado en su valoración profesional y cívica,
en la entidad intrínseca de su labor, no conseguirán que gentes
así olviden la pretensión de utilizarlos simplemente para
sus míseros fines. Les sonríen, les halagan en la medida que
pueden servirse de sus «caras» como reclamo, no porque los consideren
ciudadanos que tienen derecho a opinar y manifestarse. Gente como ésta,
si algún actor lo hiciera en sentido contrario, utilizaría
las mismas descalificaciones que tanto nos lastiman.
No olvidar esto supone que las gentes de la cultura deben actuar cuando
lo consideren justo y negarse a ello si no lo es. No sucumbir a las pueriles
seducciones y reclamar aquello que tanto se repite: que el gobierno diseñe
una política cultural y teatral coherente, que nos equipare cuando
menos a Europa. Los vociferantes mediáticos han construido desde
hace años la idea de que la gente de teatro va buscando subvenciones
para llevárselas a su casa y vivir del cuento. Alguno habrá,
es posible, aunque desde luego en nada parecido a los escándalos
urbanísticos. Pero nunca se han molestado en conocer cómo
se utilizan dichos recursos, menores que los de cualquier otro de los sectores
productivos; cuántos puestos de trabajo directos e indirectos generan,
cuál es su contribución impositiva, etc. Este gobierno como
los anteriores no ha hecho nada hasta el momento para que esta situación
se modifique. Pero esta es otra historia.
3
La contramanifestación del 3 de febrero fue igualmente fruto de un
derecho, aunque siga latente la pregunta de por qué no todos juntos.
Quizás porque ésta tuvo mucho de partidaria, hubo gritos reclamando
la dimisión del Presidente del gobierno y especulaciones enajenadas
de algún enajenado. Todos tenemos los mismos derechos civiles, hay
que repetirlo una y otra vez. No es posible casar el decreto emitido por
el gobierno del sr. Aznar, prohibiendo la utilización de los emblemas
patrios, la bandera y el himno, en actos partidarios, con el hecho de que
la primera apareciera de forma profusa en la contramanifestación
y concluyera con el segundo. Incluso un dirigente de una de las organizaciones
se atrevió a decir: «Aquí está la España
nacional», lo que equivale a desposeernos a su vez de la Nación
española o a recordar fechas aciagas y repugnantes, esas sí,
para España.
Es verdad que la derecha, cuanto más extrema, mayor empeño
muestra por apropiarse de ellos como si el resto de los españoles
no fuéramos merecedores. Recuerdo que en mis años de estudiante
en Francia, asistí a un mitin del Partido Comunista Francés
que comenzó con la Marsellesa y concluyó con la Internacional,
cantadas ambas por los asistentes con el acompañamiento de una banda.
En otros países las cosas se plantean de otro modo. Ciertamente no
es fácil que quienes se instauran en la intransigencia de que España
es su finca, sean del partido que sean, en nada ayudan a la civilidad y
a que nuestro país sea realmente democrático, no sólo
por la existencia de la matemática de los votos.
Hacer oposición no es estar a la contra de todo y contra todo. No
consiste en lanzar injurias y no aportar alternativas ni razones. Hay cuestiones
en que el gobierno y la oposición pueden coincidir y otras muchas
en las que debe producirse el control y la crítica. Sin embargo,
el meollo de la cuestión reside en tener una alternativa. No parece
que existan porque nadie las expone. Ante una práctica concreta de
un gobierno determinado, responda a las siglas que sea, raramente se enuncia
con claridad el proyecto que la oposición propone para que los ciudadanos
decidan. Ante el grave problema educativo que padecemos, por ejemplo, todo
queda en expresiones genéricas y nunca en el enunciado de medidas
concretas. Se trata en definitiva de no comprometerse en nada para que el
ritual de invectivas prosiga su curso, evitarse la obligación de
hacer política y tener las manos libres cuando se triunfa para actuar
como les venga en gana.
¿Por qué una persona como Rajoy, al que muchos veíamos
como inteligente, templado y prudente, ha desembocado en un abismo de desmesura,
de acritud, de un energumenismo primario contra todo lo que el gobierno
haga? ¿Quién puede aconsejarle tan mal? Este país precisa
de un partido que desde la derecha plantee programas y exponga sus propuestas
coherentes para la gobernación de España, que no cause miedo
a una gran parte de la sociedad, sino confianza en que su gestión
contemplará a la ciudadanía en función de valoraciones
objetivas. Que no será el representante de los poderosos y de los
fanáticos, entre otras cosas.
Con las decepciones que atravesamos, su porvenir sería mucho más
brillante, podría proponerse como alternativa real, no ficticia.
Para ello tendría que desprenderse de la extrema derecha que ondea
el constitucionalismo sólo como un enunciado de su poder, más
que como la proclamación de derechos y deberes de los españoles
que es para lo que se promulgó. Una extrema derecha que lo está
quemando, puede que de forma deliberada, porque tiene un tapado para sustituirlo.
El problema es que por este camino, muchos ciudadanos se encogerán
de hombros y acabarán abandonando, presos de hastío. Ese sí
que es un daño difícilmente reparable para el porvenir de
nuestro país.
