La España amoral
por Antonio Urzainqui.
Hace unas semanas el profesor Vidal Beneyto afirmó
en una entrevista televisiva que España se había convertido
en el país más amoral de Europa. Aducía que personas
encausadas con abundantes pruebas en casos de corrupción urbanística,
habían sido reelegidas en las recientes elecciones municipales y
autonómicas. Recordó el caso del Presidente de la diputación
de Castellón que dijo tras su triunfo que los electores lo habían
absuelto, pero añadió que habían sido treinta y siete
los electos en situación similar en toda España.
Aunque coincido con el diagnóstico de Vidal Beneyto, a mi entender
existen razones más de fondo que explican la amoralidad existente
de forma más palmaria. Desde poco después de iniciarse la
transición, nuestro país con todas sus autonomías,
ha visto paulatinamente erigirse el dinero como valor supremo que todo lo
justifica, sustituyendo a otros que siempre fueron valorados como cívicos
y propios de la dimensión y desarrollo humanos: el trabajo bien hecho,
la honradez, el esfuerzo, la adquisición de conocimientos, la competencia
profesional en cualquier terreno, el saber, etc. Me refiero claro está
al dinero que no procede del trabajo productivo, adquirido con honradez,
esfuerzo e inteligencia, sino de todos los supuestos adscritos a la delincuencia
en sus diferentes formas o a la pérdida de la dignidad de la persona.
En este dislate que hemos vivido y seguimos padeciendo, han intervenido
representantes tanto de la derecha como de la izquierda política,
a la par que determinados medios de comunicación y una bobería
generalizada de una parte de la ciudadanía dispuesta a aceptar este
estado de cosas como natural. Dispuesta incluso a comprender favorablemente
a quien «tiene el valor» y la desvergüenza de practicar
el fraude, el cohecho, la prevaricación, el expolio, la chapuza,
la incompetencia a todos los niveles, etc., a la caza del dinero.
Nos sorprendería saber el número de españoles que en
su fuero interno lamentan no tener la truculenta capacidad de ser como cualquiera
de los encusados en las operaciones, urbanísticas casi siempre, es
un decir, que convierten a un sujeto de cualquier profesión en un
potentado delirante que se forja un patrimonio descomunal fruto de sus ilegales
manejos. Les da igual que se edifique en zonas verdes o declaradas de interés
público, que se destruyan áreas forestales protegidas, que
se asfalten montes entre adosados, que se destrocen entornos costeros, todo
vale porque es una forma de acumular dinero y en definitiva de poseer y
alcanzar poder.
El dinero como valor supremo y único que es para muchos, está
detrás de esa amoralidad perceptible en la vida española.
Por dinero se puede autojustificar cualquier comportamiento por muy infamante
o indigno que sea. Ciertas televisiones han propalado conductas de este
tipo presentando como algo atractivo a seres que no dudan en aceptar insultos,
que se hurgue en su intimidad, que se les trate de forma vejatoria a cambio
de dinero. Los hay que cobran mucho y otros relativamente poco, pero todos
tienen su representante porque en la medida que se les reclama para esos
menesteres son mercancía que se puede alquilar... o vender. En otros
casos han hecho de estos individuos figuras mediáticas a partir justamente
de ser emblemas de la amoralidad.
Lo perverso de esta situación es la conducta amoral asumida. Las
consecuencias más inmediatas, el deterioro de los patrones del esfuerzo
y el trabajo como generadores de bienestar. Eran las piedras angulares propuestas
por Adam Smith para acrecentar la riqueza de las naciones, pero los monstruos
implícitos en su exégesis que no pudo prever han alcanzado
proporciones delirantes. Los jóvenes que transitan de la adolescencia
a la edad adulta o los que ya están en ella sin ningún objetivo
en la vida, resultan los más afectados. ¿Por qué va
un joven a dedicarse al estudio, a la formación, a una tarea de paulatina
acumulación de saberes y experiencias que lo pueden convertir en
un ser útil para sí mismo y la comunidad a la que pertenece,
aunque a veces no lo sepa, si mediante una de estas representaciones aparentemente
reales puede alcanzar el dinero y esa popularidad tan deleznable que la
televisión confiere? Programas pautados y en ocasiones ensayados
para que todo parezca veraz, melodramático y muy sensiblero, con
mucho abrazo y mucha mandanga. Ardientes participaciones de mucha gente
apoyando el triunfo de una mocita o un mocito, su paisano, del que nada
saben pero al que los guionistas les han hecho creer que es de los suyos,
que es uno de ellos. Todo en definitiva muy gringo, muy falso, muy mendaz
y notoriamente amoral. Porque el candidato cuenta en la medida que vende,
no por el valor intrínseco de lo que hace.
Otro síntoma de la amoralidad latente reside en la pérdida
de las proporciones. Las cosas interesan en la medida que se ocupa un puesto
o un cargo, lo cual otorga poder y el poder es lo que cuenta, no para transformar
y construir sino en beneficio propio o para repartir dádivas clientelares.
No importa cuáles sean los conocimientos ni capacidades, la experiencia
que se posea o cualquier otra cuestión inherente de forma sustantiva
al cargo, lo que importa es tenerlo. Desde la Ilustración se vienen
formulando críticas y sarcasmos sobre actitudes similares, sin gran
éxito por otra parte.
Recuerdo la desazón y la ira de Adolfo Marsillach cuando en un debate
televisivo en la segunda cadena, fue increpado por un mozalbete que le dijo
que a ver cuándo dejaban las poltronas los mayores para que las ocuparan
ellos. Se refería de los ministros hacia abajo. En ningún
momento se planteó si se precisaban conocimientos específicos
para ocupar un cargo público, lo importante era sentarse en la poltrona
y ya se verían. Claro que lo de ser ministro se ha puesto en ocasiones
tan barato y es tanta la incompetencia de alguno que así se abona
ese dislate.
El profesor Vidal Beneyto tenía razón al afirmar con no poco
susto que España se había convertido en el país más
amoral de Europa. Creo que poseemos demasiados indicios para estar de acuerdo
con el diagnóstico. Quizás le faltó remachar, insisto,
que quienes votan a un candidato encausado en un proceso de corrupción,
fraude, prevaricación, etc., muchas veces saqueando a los propios
ciudadanos, son tan amorales como él. Porque en su fuero interno
lo heroifican, lo aclaman como modelo y sueñan con poder hacer lo
mismo. Pero más grave aún es pensar hacia donde vamos y ésta
es una cuestión que debía preocuparnos a todos.
Hace unas semanas el profesor Vidal Beneyto afirmó en una entrevista
televisiva que España se había convertido en el país
más amoral de Europa. Aducía que personas encausadas con abundantes
pruebas en casos de corrupción urbanística, habían
sido reelegidas en las recientes elecciones municipales y autonómicas.
Recordó el caso del Presidente de la diputación de Castellón
que dijo tras su triunfo que los electores lo habían absuelto, pero
añadió que habían sido treinta y siete los electos
en situación similar en toda España.
Aunque coincido con el diagnóstico de Vidal Beneyto, a mi entender
existen razones más de fondo que explican la amoralidad existente
de forma más palmaria. Desde poco después de iniciarse la
transición, nuestro país con todas sus autonomías,
ha visto paulatinamente erigirse el dinero como valor supremo que todo lo
justifica, sustituyendo a otros que siempre fueron valorados como cívicos
y propios de la dimensión y desarrollo humanos: el trabajo bien hecho,
la honradez, el esfuerzo, la adquisición de conocimientos, la competencia
profesional en cualquier terreno, el saber, etc. Me refiero claro está
al dinero que no procede del trabajo productivo, adquirido con honradez,
esfuerzo e inteligencia, sino de todos los supuestos adscritos a la delincuencia
en sus diferentes formas o a la pérdida de la dignidad de la persona.
En este dislate que hemos vivido y seguimos padeciendo, han intervenido
representantes tanto de la derecha como de la izquierda política,
a la par que determinados medios de comunicación y una bobería
generalizada de una parte de la ciudadanía dispuesta a aceptar este
estado de cosas como natural. Dispuesta incluso a comprender favorablemente
a quien «tiene el valor» y la desvergüenza de practicar
el fraude, el cohecho, la prevaricación, el expolio, la chapuza,
la incompetencia a todos los niveles, etc., a la caza del dinero.
Nos sorprendería saber el número de españoles que en
su fuero interno lamentan no tener la truculenta capacidad de ser como cualquiera
de los encusados en las operaciones, urbanísticas casi siempre, es
un decir, que convierten a un sujeto de cualquier profesión en un
potentado delirante que se forja un patrimonio descomunal fruto de sus ilegales
manejos. Les da igual que se edifique en zonas verdes o declaradas de interés
público, que se destruyan áreas forestales protegidas, que
se asfalten montes entre adosados, que se destrocen entornos costeros, todo
vale porque es una forma de acumular dinero y en definitiva de poseer y
alcanzar poder.
El dinero como valor supremo y único que es para muchos, está
detrás de esa amoralidad perceptible en la vida española.
Por dinero se puede autojustificar cualquier comportamiento por muy infamante
o indigno que sea. Ciertas televisiones han propalado conductas de este
tipo presentando como algo atractivo a seres que no dudan en aceptar insultos,
que se hurgue en su intimidad, que se les trate de forma vejatoria a cambio
de dinero. Los hay que cobran mucho y otros relativamente poco, pero todos
tienen su representante porque en la medida que se les reclama para esos
menesteres son mercancía que se puede alquilar... o vender. En otros
casos han hecho de estos individuos figuras mediáticas a partir justamente
de ser emblemas de la amoralidad.
Lo perverso de esta situación es la conducta amoral asumida. Las
consecuencias más inmediatas, el deterioro de los patrones del esfuerzo
y el trabajo como generadores de bienestar. Eran las piedras angulares propuestas
por Adam Smith para acrecentar la riqueza de las naciones, pero los monstruos
implícitos en su exégesis que no pudo prever han alcanzado
proporciones delirantes. Los jóvenes que transitan de la adolescencia
a la edad adulta o los que ya están en ella sin ningún objetivo
en la vida, resultan los más afectados. ¿Por qué va
un joven a dedicarse al estudio, a la formación, a una tarea de paulatina
acumulación de saberes y experiencias que lo pueden convertir en
un ser útil para sí mismo y la comunidad a la que pertenece,
aunque a veces no lo sepa, si mediante una de estas representaciones aparentemente
reales puede alcanzar el dinero y esa popularidad tan deleznable que la
televisión confiere? Programas pautados y en ocasiones ensayados
para que todo parezca veraz, melodramático y muy sensiblero, con
mucho abrazo y mucha mandanga. Ardientes participaciones de mucha gente
apoyando el triunfo de una mocita o un mocito, su paisano, del que nada
saben pero al que los guionistas les han hecho creer que es de los suyos,
que es uno de ellos. Todo en definitiva muy gringo, muy falso, muy mendaz
y notoriamente amoral. Porque el candidato cuenta en la medida que vende,
no por el valor intrínseco de lo que hace.
Otro síntoma de la amoralidad latente reside en la pérdida
de las proporciones. Las cosas interesan en la medida que se ocupa un puesto
o un cargo, lo cual otorga poder y el poder es lo que cuenta, no para transformar
y construir sino en beneficio propio o para repartir dádivas clientelares.
No importa cuáles sean los conocimientos ni capacidades, la experiencia
que se posea o cualquier otra cuestión inherente de forma sustantiva
al cargo, lo que importa es tenerlo. Desde la Ilustración se vienen
formulando críticas y sarcasmos sobre actitudes similares, sin gran
éxito por otra parte.
Recuerdo la desazón y la ira de Adolfo Marsillach cuando en un debate
televisivo en la segunda cadena, fue increpado por un mozalbete que le dijo
que a ver cuándo dejaban las poltronas los mayores para que las ocuparan
ellos. Se refería de los ministros hacia abajo. En ningún
momento se planteó si se precisaban conocimientos específicos
para ocupar un cargo público, lo importante era sentarse en la poltrona
y ya se verían. Claro que lo de ser ministro se ha puesto en ocasiones
tan barato y es tanta la incompetencia de alguno que así se abona
ese dislate.
El profesor Vidal Beneyto tenía razón al afirmar con no poco
susto que España se había convertido en el país más
amoral de Europa. Creo que poseemos demasiados indicios para estar de acuerdo
con el diagnóstico. Quizás le faltó remachar, insisto,
que quienes votan a un candidato encausado en un proceso de corrupción,
fraude, prevaricación, etc., muchas veces saqueando a los propios
ciudadanos, son tan amorales como él. Porque en su fuero interno
lo heroifican, lo aclaman como modelo y sueñan con poder hacer lo
mismo. Pero más grave aún es pensar hacia donde vamos y ésta
es una cuestión que debía preocuparnos a todos.
Las grandes falacias
por Laura Zubiarrain
Durante siglos la Iglesia católica impuso su pensamiento
como único, era la poseedora de la verdad, de los principios morales
y convertía las transgresiones a sus normas en delitos que podían
acabar con la ejecución del díscolo por medios varios, el
más violento, la hoguera, y después el estrangulamiento, manteniendo
la primera sólo para los que no confesaban. El hereje fue para ella
el mayor delincuente social, y era ella quien establecÍa la condición
de tal. No son historias tan antiguas, el último Auto de fe se celebró
en España en el siglo XVIII, pero la Inquisición persiguió
y encarceló en algunos casos a Pablo de Olavide, Tomás de
Iriarte y su hermano Bernardo, Cabarrús, a Moratín, a Goya,
a Marchena y tantos otros del periodo ilustrado. Su último crimen
fue el asesinato del maestro de escuela Cayetano Ripoll, que se había
declarado deísta naturalista.
Durante siglos la Iglesia católica impuso de forma absoluta e incotrovertible
su noción del mundo, del sentido de la existencia, de la moral pública
y privada, del ejercicio de la justicia. Sembró el miedo en las conciencias,
las forjó a la medida de sus intereses y persiguió y aplastó
a quienes se resistieron. Prohibió las actitudes críticas,
creó un férreo sistema censor que determinaba lo que se podía
leer, lo que se podía ver, lo que se podía escuchar, lo que
se podía pensar. La Inquisición fue creada por la Iglesia
en connivencia con el poder políticO, quizás haya que recordarlo
ahora una vez a quienes pretenden una práctica inquisitorial y se
la atribuyen a los otros.
Hubo Inquisiciones en muchos países de Europa pero en España
permaneció más que en ningún otro, hasta bien entrado
el siglo XIX. Paulatinamente dejó de ocuparse de supuestos delitos
dontra la fe e incluso la moral, para reprimir motivos ideológicos
y políticos. La tentación por proseguir con los métodos
inquisitoriales es todavía palpable en algunos sectores de la vida
social. Se puede encausar mediante la delación anónima, el
acusador y el juez son la misma persona, el acusado desconoce los cargos
que se le imputan, se busca la confesión mediante la tortura, etc.
Esta institución abyecta y maligna impregnó posteriormente
formas de actuación contra todo aquello que pudiera perturbar su
poder, alcanzando durante el franquismo cotas inusitada de perversidad.
Con estos antecedentes enunciados de forma sintética, causa vergüenza
ajena oír al portavoz de la Conferencia Episcopal Española
atacando a la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía,
acusándola de pretender controlar las conciencias y llamando a sus
incondicionales a la rebelión para impedir que se implante, utilizando
todos los recursos a su alcance -legales, eso sí- para combatirla.
Es verdaderamente sorprendente la desmemoria de que hacen gala estos caballeros,
desmemoria y cinismo claro está.
En la grave situación de carencia de valores positivos que asuela
a muchos de los adolescentes y jóvenes españoles, es incluso
débil esta acción para que adquieran unos conocimientos básicos
de lo que es democracia y convivencia, del sentido y límites de la
libertad que llega a donde es agresión al otro -habituados históricamente
a la intolerancia y la agresión, ellos no suelen practicarlos ni
aceptarlos-. También es lógico que se familiaricen con los
contenidos de nuestra Constitución, para que conozcan sus derechos
y deberes y puedan saber de sus obligaciones cívicas pero igualmente
defenderse de los atropellos. En definitiva lograr que nuestros jóvenes
adquieran la formación necesaria para ser ciudadanos responsables
con todo lo que ello implica, sería toda una conquista para la sociedad
española.
En la casi totalidad de países de Europa existen asignaturas similares,
incluidas en el currículo académico. Los horarios son ligeramente
distintos entre unos y otros, pero aparece en los planes de estudio de Austria,
Dinamarca, Bélgica, Francia, Irlanda del Norte, Grecia, Bulgaria,
Portugal, Malta, Chipre, Suecia, República Checa, Alemania, Irlanda,
Luxemburgo, Gran Bretaña, Hungría, Países Bajos, Polonia,
Eslovenia, Eslovaquia, Finlandia, Gales, Liechtenstein e Islandia. ¿Por
qué la Conferencia Episcopal Española y sus voceros mediáticos,
tan grandilocuentes y disparatados hasta lo grotesco, pretenden presentar
como algo coactivo lo que viene a ser todo lo contrario? Quizás porque
carecen de respeto hacia el otro, hacia el que no es como ellos. En segundo
lugar porque tras el subterfugio de la conciencia emerge la cerviz reaccionaria
de antaño y su defensa de la enseñanza como negocio, al que
han sido muy aficionados y a cuya conservación se agarran con uñas
y dientes. ¿Cómo es posible que piensen que la ciudadanía
es necia y va a dejarse arrastrar por estas añagazas vociferantes
o de blandura eunucoide según los casos?
Lo que precisamos con urgencia es la separación entre el poder político
y las entidades religiosas, que se viene reclamando desde la Ilustración.
Por eso el Estado debe ser láico y aconfesional para que todos quepan:
los creyentes, sea cual sea su confesión propia, y los agnósticos,
indiferentes o ateos, porque todos son ciudadanos e iguales en derechos
y deberes ante la Ley. Pero además para que los asuntos públicos
y generales para la ciudadanía no se confundan por más tiempo
con la esfera privada que es la que corresponde a las prácticas religiosas.
Si España siguiera bajo la férula de que disfrutaron ellos
durante siglos, yo no hubiera podido escribir esto. ¡Basta ya de falacias!



