Ansiado relevo en el Ministerio de Cultura
por Juan Antonio Hormigón
Estábamos en proceso de finalización de esta
entrega de nuestra revista ADE-Teatro, cuando se produjo el relevo al frente
del Ministerio de Cultura de quien había sido su titular a lo largo
del último periodo de gobierno. La noticia no por esperada y fervientemente
anhelada por una abrumadora mayoría de los agentes culturales de
todas las especies y géneros, no dejó de ser una sorpresa
y constituir al mismo tiempo un álito de plausible esperanza.
Estos tres años han sido para muchos de frustración e incluso
dolor. Ciertas sensaciones son fruto de lo que se espera, en lo que se confía.
Del Gobierno surgido tras las elecciones de 2004, fiamos en que cambiara
la forma de ejercer su acción y propusiera algunas líneas
de trabajo que iniciaran la transformación que nuestra deficiente
estructura teatral necesita. Desgraciadamente no fue así.
Cuando se produjo la designación por parte del Presidente del Gobierno
de quien iba a estar al frente del Ministerio de Cultura, cuando conocimos
algunos de los nombramientos que la designada para dicho menester llevó
a cabo, supimos de inmediato lo que nos esperaba: nada bueno. El balance
del tiempo transcurrido nos ha dado sobradamente la razón a todos
aquellos que desde un principio advertimos de lo que iba a suceder. Advertimos
y con absoluta lealtad lo dijimos. De nada sirvió entonces. Un muro
se levantaba irreductible ante cualquier aseveración constatable
que se hiciera. Esperamos que se nos den en algún momento explicaciones
convincentes, que descubran el por qué se entregó tan relevante
función a una persona que nunca debiera haber sido encargada de dicha
tarea. No basta con resignarse a las razones que se propalan vía
radio macuto. El asunto no es banal porque en ello se cifra, entre otras
cosas, el respeto del gobernante hacia la ciudadanía; estamos en
una democracia, creo.
Estos tres años han sido desalentadores en general y enormemente
lesivos para la ADE en lo concreto. Para el teatro porque ha sido ignorado
e incluso despreciado. La Ministra jamás citó al teatro o
la danza en sus intervenciones. Ha habido una apatía total a la hora
de proponer proyectos, cuestión que corresponde en buena medida a
quien asume las responsabilidades, aunque puedan ser discutidos y complementados.
Proyectos que respondan al sentido que el gobierno confiere a la cultura
y al teatro en particular: es una simple mercancía, tengan el valor
de decirlo, o por el contrario se trata de un bien de cultura que precisa
de un comportamiento específico en su articulación, financiación
y cuido, del que su segmento mercantil constituye tan sólo una pequeña
franja. Así es en Europa o en Estados Unidos, sencillamente. O ha
habido muy pocas ganas de trabajar -algunos de los nombramientos de la señora
ministro recayeron en holgones viajeros-, o bien una ausencia total de ideas
en el marco programático de un gobierno sustentado por un partido
que lleva en sus siglas la titulación de socialista.
Para la ADE ha sido un tiempo plagado de sinsentidos, de desprecios, de
silencios. Nosotros hemos seguido adelante con nuestra labor habitual siempre
en expansión, aunque sin el menor respeto, reconocimiento y cooperación
por parte de quienes tienen entre sus obligaciones hacerlo. El motivo: que
hicimos un trabajo y lo propusimos a la sociedad política para que
avanzaran en la elaboración de una Ley del teatro, cuestión
que entendíamos como prioritaria; que ejercimos nuestras responsabilidades
como sociedad civil cultural y que quisimos ser ciudadanos y no súbditos,
analíticos y no aduladores de pacotilla. El compromiso de la ADE
es con el teatro y a ello nos atuvimos, estableciendo puentes y conversaciones
con todo aquel que participaba de objetivos comunes.
Puede que debamos añadir que tuvimos constancia en nuestro empeño
y hemos llegado a los veinticinco años de actividad continuada, que
hemos creado una editorial que lleva editados más de 175 volúmenes,
una revista con más de veinte años de existencia, hemos celebrado
trece congresos, dieciocho seminarios internos, cursos, mesas redondas,
presentaciones, acciones escénicas, etc., y establecido una red de
relaciones internacionales. Y todo esto suele ser causa de poco mérito
en nuestro país, más bien gusta poco a quienes vacan mucho,
pontifican sobre lo que ignoran y trabajan poco o nada.
Quienes mantienen de forma solapada pero terne las prácticas propias
del franquismo, muestran una notoria incapacidad para su ejercicio democrático.
Es una cuestión ésta que no consiste en hablar, en decir lo
que quiere oír quien tiene la potestas, sino en ejercerlo de manera
adecuada en la vida social. Por eso debemos entender que el intento de convertir
a la ADE por asumir sus responsabilidades, en una institución que
hay que mantener lejos, con la que no hay que hablar, que debe ser ignorada
y a la que se llegó incluso a eliminar de las convocatorias oficiales
del Ministerio de Cultura, denota una actitud franquista de quien lo decretó
y de sus esbirros. Lo grave ha sido que todo se ha hecho con absoluta impunidad,
sin que nos quedara otro recurso que denunciarlo. Una democracia no debe
funcionar así. El Presidente del Gobierno lo dijo con claridad en
una importante comparecencia en el Congreso de los Diputados: "La democracia
supone un sistema de controles encadenado"; sólo que eso no
sólo hay que decirlo sino hacerlo.
2
En este contexto desolado, el nombramiento de César Antonio Molina
como Ministro de Cultura ha sido una buena noticia. En primer lugar porque
es una persona con mentalidad convencida del valor de la cultura desde lo
público y con vocación pública. En segundo, por su
experiencia de gestión al frente de Instituciones como el Círculo
de Bellas Artes de Madrid o el Instituto Cervantes, desde los que ha dado
muestras de sus capacidades. Por último, por su deseo de fomentar
el diálogo para la adopcción de pautas de acción y
no encastillarse en discursos hueros e inanes.
Todo ello debe jugar a favor de su gestión aunque sea escaso el tiempo
que le resta en la presente legislatura. No obstante en su comparecencia
en la Comisión de Cultura del Congreso de los Diputados del pasado
29 de agosto, esbozó algunas de las pautas que pensaba desarrollar
en el ámbito de la cinematografía, la conservación
del patrimonio arqueológico, la conservación y restauración
fílmica, la ley de propiedad intelectual, los archivos y bibliotecas,
etc. Lamentablemente no disponemos del texto de su intervención y
debemos conformarnos con las informaciones de prensa para valorar sus propuestas.
A través de las mismas podemos deducir que existe la voluntad clara
por parte del Ministro de que las entidades más relevantes del mundo
cultural adopten responsabilidades respecto a la gestión de las instituciones
públicas.
Por lo que respecta al ámbito de las artes escénicas, las
propuestas más relevantes son que culmine la trasformación
del INAEM en agencia estatal de las Artes Escénicas y Musicales,
introduciendo notables y positivos cambios del proyecto inicial; así
como la creación del Consejo Estatal de las Artes Escénicas
y Musicales, con diferentes mesas sectoriales dedicadas al teatro, la música,
la danza y el circo. Si este Consejo se configura como un espacio de encuentro
entre los responsables gubernamentales y la sociedad civil cultural, y se
le atribuyen además responsabilidades específicas, quizás
se pueda avanzar en la adopción de acuerdos y responsabilidades compartidas.
Por nuestra parte podemos decir que ha tenido ya la buena educación
de responder a las dos cartas que le he remitido en nombre de la ADE, cosa
infrecuente hasta la fecha en los altos cargos de dicho ministerio. Todavía
aguardo respuesta a una que envié hace más de cuatro meses
al Director General del Libro, sopesada y nada baladí por cierto,
por asunto relativo a las ayudas a la publicación de libros. Eso
sí, esta misma Dirección General en su programa de adquisición
de suscripciones a revistas culturales, resolvió que ADE-Teatro fuera
la única que no crecía en este ejercicio, entre todas aquellas
situadas por debajo de las 850.
El Ministro sí respondió e hizo algo más: ordenó
que se investigara quién era responsable de que no hubiésemos
sido invitados a su toma de posesión, claro que todos sabemos quién
fue y no es asunto prolijo de establecer.
Otro acto altamente relevante y positivo ha sido la inmediata destitución
del director general del INAEM, el señor Campos Borrego, que fue
sustituido por Juan Carlos Marset. Las funciones de éste como delegado
de cultura del Ayuntamiento de Sevilla, le hacían ser persona notablemente
estimada en la capital hispalense. Varios colegas de la ADE que lo conocían
bien y habían mantenido una excelente colaboración con él
en cuanto a las funciones que detentaba, me ofrecieron de inmediato excelentes
valoraciones de su trabajo y su persona. Sin embargo se quiso dar en un
principio en algún medio de comunicación, una imagen equívoca
respecto a su formación y competencia. ¿Qué asuntos
podían rodear algunas cuestiones de dicho departamento, para que
se vertieran sobre él informaciones carentes de fundamento? Quizá
si siguiéramos ese particular hilo de Ariadna, llegaríamos
a conocer lo que se ha estado cociendo realmente en estos tres años.
He mantenido dos conversaciones hasta la fecha con Marset a petición
suya. A los pocos días de su toma de posesión me convocó
para que hablásemos, cosa a la que accedí de inmediato. No
es poca cosa teniendo en cuenta que en los últimos tres años,
tan sólo tuve una con el director general saliente y nada de lo que
allí se me dijo -asuntos relativos a la ADE, de los generales no
había nada que decir porque únicamente se pretendía
que no se hiciera nada, a lo más alguna transformación administrativa
que reforzara su poder- se llevó a cabo.
No es pertinente hablar ahora de su contenido aunque sí puedo adelantar
que no sólo hizo un reconocimiento de todas las realizaciones de
la ADE sino que dijo que era sabedor de lo que había sucedido respecto
a nuestra entidad. Me transmitió también algunas de las líneas
maestras de lo que pensaba hacer, de su voluntad de impulsar cambios profundos
en las estructuras de las artes escénicas en España y de una
relación fluida con nuestra Asociación.
La Junta Directiva de la ADE en su reunión de fines de julio, tomó
la decisión de dar un voto de confianza tanto al ministro como al
nuevo director general del INAEM, con la esperanza de que en lo que resta
de legislatura se puedan sentar las bases que permitan que en la próxima
se lleven a cabo los proyectos pendientes. Nosotros nos hemos pronunciado
por nuestro deseo de cooperar en aquellas cuestiones que respondan al bien
general: esos son nuestros objetivos. En ello mostraremos la misma lealtad
de siempre, sólo que Juan Carlos Marset sabe muy bien que lealtad
no es silencio ni sumisión, y consenso tampoco es unanimidad sino
acuerdo sobre coincidencias.
3
Fieles al espíritu que ha guiado nuestra acción y en continuidad
con lo que han sido nuestros planteamientos en los dos últimos años,
la ADE seguirá trabajando en la misma senda para lograr una convergencia
teatral con Europa que no sea simple maquillaje, sino que nos aproxime en
el plano estructural y organizativo a los modelos existentes en los países
del continente a cuya comunidad política pertenecemos. Con este propósito
seguiremos trabajando por la aprobación en el Congreso de los Diputados
de una Ley del Teatro que entendemos constituye un paso ineludible para
alcanzarla. Así mismo pondremos nuestro máximo empeño
para que se instaure un pacto por la cultura entre todos los grupos políticos
del parlamento, a fin de que se garantice la continuidad de los programas
en el terreno cultural, manteniéndolos al margen de revanchismos
o coyunturas propias de la acción política. Igualmente de
la utilización de la cultura y el teatro para fines distintos a lo
que es su valor intrínseco y la libere de los incompetentes que la
asuelan, de los individuos y grupos que se apropian de la acción
pública cultural para sus propios fines convirtiéndola en
sus territorios particulares, que se instauren mecanismos de control social
y asunción de responsabilidades a partir de programas precisos y
compromisos expresos por parte de quienes estén al frente de las
diversas instituciones, etc.
Para todo ello, lo hemos dicho en muchas ocasiones, es preciso que exista
una noción expresa de lo que es y significa la cultura y las artes
escénicas en su conjunto, teatro, danza y ópera, por parte
de los gobiernos y, en consecuencia, de los partidos que los sustentan.
Ello supone la elaboración de programas y estudios que fundamenten
la acción política y que no se deje al puro capricho del responsable
lo que se quiera o no se quiera hacer.
Hemos perdido muchos años de democracia en esta espera, manteniendo
la rutina de unos modos de acción en el teatro obsoletos y propios
del siglo XIX. Los tres últimos han sido particularmente acervos
en este sentido. La Ministra de Cultura destituida, por ejemplo, hizo caso
omiso del programa cultural que había elaborado el PSOE para presentarse
a la convocatoria electoral. No era gran cosa, pero cuando menos era algo:
esta señora en cuestión tan sólo aportaba el humo de
sus pesadillas. Por ello instamos a los dos partidos mayoritarios, PSOE
y PP, así como a Izquierda Unida, tercera formación política
en número de votos, a que incluyan en sus programas electorales su
compromiso para la aprobación de una Ley del Teatro en la próxima
legislatura.
Nuestro deseo de que estos planteamientos se lleven a cabo, no se quedará
en el mero enunciado de las propuestas. La próxima entrega de nuestra
revista ADE-Teatro incluirá un bloque monográfico dedicado
a la "Política cultural y política teatral". En
el mismo aportaremos estudios sobre la cuestión pero también
una relación de las medidas de gobierno que consideramos un punto
de partida imprescindible.
Confiamos en que la etapa que se inicia, aunque corta, pueda traernos luces
al territorio de sombras que hemos padecido.
La idea de teatro y el camino del guerrero
Por Manuel F. Vieites
Los cambios que se han producido en el Gobierno del Estado,
y en el Ministerio de Cultura y el Instituto Nacional de las Artes Escénicas
y de la Música, están marcando el inicio del nuevo curso político,
caracterizado por la brevedad. En estos momentos los responsables actuales
del Ministerio, y de sus departamentos, están intentando paliar el
desastre anunciado, ¡y finalmente consumado!, pero el tiempo disponible,
más allá de la emisión de gestos o de la búsqueda
de complicidades, es escaso; la campaña electoral acaba de comenzar.
En pocos meses (tal vez días) seremos convocados a un proceso electoral
para configurar un nuevo Parlamento que, en su día, habrá
de designar un nuevo gobierno.
Pero antes de que llegue el día de la votación, los partidos
políticos debieran, en buena lógica, trasladar a la ciudadanía
sus programas de gobierno al objeto de que cada quien, más allá
de sus filias y fobias, pueda obrar en consecuencia con sus expectativas,
deseos o intereses [¡y con su voto!, ese preciado objeto de deseo
en épocas de caza de sinecuras]. A pesar del escaso valor que se
le concede a los programas electorales (y mucha culpa la tiene una clase
política poco dada a difundirlos, comentarlos, debatirlos, implementarlos
y finalmente evaluarlos), nosotros no dejaremos de señalar líneas
de actuación que consideramos prioritarias en una acción de
gobierno orientada al pleno desarrollo de lo que venimos denominando campo
o sistema teatral. Lo haremos en nuestro próximo número, en
un monográfico dedicado a las políticas culturales y teatrales
en el que también señalaremos un conjunto de medidas urgentes
para la activación de ese proceso de arreglo y amejoramiento de los
teatros en España.
Alguien se podría preguntar cómo es posible que desde una
revista, determinadas personas propongan un programa de acción de
gobierno en un campo específico, cuando es muy probable que entre
sus lectores y lectoras existan las más diversas tendencias y opciones,
y no sólo de carácter profesional o artístico. La clave
está en obrar con rigor, responsabilidad y lealtad, y en esa dirección
nuestras lealtades están y estarán con la cosa que denominamos
teatro, y las medidas que se propondrán no tienen otra finalidad
que lograr la plena regularización del sistema teatral, con todos
sus elementos, estructuras y funciones. Un teatro para todas y para todos,
con todas y con todos.
José Ortega y Gasset fue uno de los primeros en proponer preguntas
substantivas en torno a esa cosa que denominamos teatro y en su conocido
estudio, Idea del teatro, ya planteaba la necesidad de entender el campo
desde una lógica compleja, porque el teatro es, en efecto, un campo
de creación, comunicación, recepción, formación
o reflexión con una notable espesura de densas capas, y muy heterogéneo
en sus manifestaciones. Por eso, cuando decidimos proponer una idea de teatro,
nos situamos al abrigo de dos paradigmas de estudio de lo real que nos permiten
dar cuenta de esa realidad con una cierta objetividad: el pensamiento complejo
y la teoría general de sistemas. Se trata de evitar dos peligros
evidentes: la subjetividad del que observa y describe, y la parcialidad
del que siempre tiene intereses (legítimos o espurios). Porque, como
relatores de relatos sobre la realidad, debemos evitar el riesgo de concebirlos
y desarrollarlos en función de nuestras propias expectativas o de
nuestros intereses particulares. Esto no siempre es posible, por lo que
la perspectiva adoptada debe ayudarnos a superar la subjetividad siempre
presente en todo relato personal.
Como antes decíamos, un programa de acción de gobierno en
el campo de lo teatral debe estar orientado al pleno desarrollo de ese campo
en todos y cada uno de sus ámbitos. Y por eso, en su día,
la ADE, con la cooperación generosa de AISGE, presentó unas
bases para un proyecto de Ley de teatro. Las razones eran obvias y no tiene
sentido insistir en lo publicado o en lo trasladado a las instancias oportunas.
Tan sólo cabe señalar que en nuestra apuesta por una Ley se
formula un deseo de regular y reglamentar, para que nada quede al arbitrio
de nada ni de nadie, para que las cosas no se hagan porque sí o porque
alguien así lo decide, y para que se hagan muchas más cosas
pero no de cualquier forma ni a cualquier precio. Una Ley tiene la virtud
de regular, de fijar, incluso de limpiar (¡que buena falta hace!).
Una Ley evita que se cometan atropellos permanentes contra la ciudadanía,
como los sueldos de alcaldes y alcaldesas, o de presidentes de diputación,
que alcanzan cifras de verdadero escándalo (y así ocurre en
Barcelona, Lérida, Vizcaya, Palencia, Tarragona, Gerona…).
Con tal motivo, y otros que se callan, todas esas personas, con sus partidos
(de todos los colores, lenguas, banderas, himnos e identidades), reniegan
de cualquier posibilidad de regular esos sueldos, porque al marcar límites
desaparece el beneficio y, como muestran sus dichos y actos, están
a lo que están.
Esas mismas personas, con sus partidos, reniegan de cualquier posibilidad
de regular porque lo regulado por Ley se convierte en derecho, o en deber,
y pierde la categoría de prebenda. Por eso, muchas de las razones
que se esgrimen para no dar curso a una propuesta de Ley de teatro son excusas,
sobre todo aquellas que se escudan en la estructura autonómica, en
la práctica federal, del Estado y en que las competencias estás
transferidas. No se entienden, porque no se explicitan ni justifican, las
objeciones de quienes ven en nuestra propuesta un atentado contra el traspaso
de competencias, porque legislar sobre las funciones que deben cumplir los
edificios teatrales de titularidad pública no conoce lenguas ni identidades,
pero sí conoce ideologías, y en el terreno de las ideologías
es curioso constatar como unos y otros apuestan por el mismo modelo, el
de las industrias culturales (en la más pura ortodoxia neoliberal).
Lo cual nos deja perplejos porque el teatro, como mostraban William J. Baumol
y William G. Bowen, en una aplicación aséptica del método
científico, no se puede definir, por sus características,
como industria cultural.
Una Ley no ataca las competencias sino que las refuerza, porque confiere
al político o al gestor responsable, al buen gobernante en suma,
mucha mayor capacidad de actuación y de intervención en su
territorio, porque le invita a ponerla en marcha y a cumplirla. Pensemos,
por ejemplo, en esa idea de que los teatros, como sucede en Europa, se conviertan
en centros de producción y en plataformas para una nueva forma de
difusión. Eso implica dotar de nueva vida a un importante número
de teatros en los puntos más insospechados de la geografía
peninsular. Implica generar nuevas dinámicas de relación entre
los creadores y los públicos en cada espacio concreto, crear un importante
número de puestos de trabajo (no sólo para los creadores,
sino también para los técnicos del espectáculo, los
animadores culturales…), y favorecer la constitución de pequeñas
y medianas empresas a nivel local. Y todo ello impulsando una verdadera
descentralización, promoviendo políticas de proximidad, fomentando
una necesaria colaboración institucional (ayuntamientos, diputaciones,
comunidades autónomas…), o combatiendo líneas de actuación
que aspiran a monopolizar la creación y la difusión de productos
culturales.
Precisamente, una de las cuestiones que más preocupó y ocupó
a los redactores de la propuesta en la ADE y en AISGE fue la no intromisión
en las competencias de las comunidades autónomas, y la consideración
de la misma como un proyecto común, en el que debieran participar
el gobierno central, las comunidades autónomas y la administración
local. Por eso, desde estas páginas se insiste tanto en la necesidad
de un Pacto por el Teatro y de un Pacto por la Cultura.
En esa misma línea, en el Preámbulo de nuestro proyecto se
insistía en la necesidad de reformular todo el campo de las enseñanzas
artísticas, en particular las superiores, pues viene al caso decir
que en estos momentos, con la LOE en la mano, el Gobierno de España
incumple, de forma palmaria, lo que se establece en las normativas que desarrollan
el Espacio Europeo de Educación Superior. Y eso afecta por igual
a los catalanes y catalanas, a los vascos y vascas…, o a los hombres
y mujeres que habitan el núcleo de población denominado Vigo
de Lorbé.
Poco diremos del Plan de Teatro, el documento durmiente que se rescató
a última hora desde el INAEM. Pero afirmamos que, más allá
de sus aciertos y desaciertos (que de todo hay), el Plan General del Teatro
sí es un documento del Partido Popular, pues se trata de una propuesta
desarrollada por un gobierno de José María Aznar y colaboradores;
cooperantes entre los que están quienes desempeñaron responsabilidades
en el Ministerio y en el INAEM y quienes colaboraron activamente en comisiones
y grupos de trabajo (incluso con un trabajo previo de la FAES de por medio).
A todos ellos debemos sumar los cooperantes que provenían de otras
administraciones y asociaciones. Un documento que, en efecto, bebe en las
fuentes de aquel estudio firmado por Eduardo Galán y Juan Carlos
Pérez de la Fuente, con prólogo de José María
Aznar y editado por la fundación "neocon" española.
Presentar ahora el Plan como la gran novedad, o como la mágica propuesta
programática del Partido Socialista, no deja de ser un despropósito,
si bien tampoco nos extrañamos ante tamaña barbaridad (o insensatez)
si pensamos que en los últimos tres años de gobierno del Partido
Socialista el INAEM estuvo en manos de fuerzas sumamente conservadoras.
Y por eso, precisamente, parece que se recupera el Plan, a última
hora. Claro que también cabría pensar que los abonados al
“global entryism” optasen por una recuperación acelerada
del Plan para, de forma premeditada, invalidar otras opciones, sobre todo
cuando el INAEM manifestó en su día muy poco interés
por el Plan General.
Los libros que Carlos Castaneda escribió a lo largo de una década
suponen, en buena medida, una descripción novelada de viejos ritos
de iniciación de los indios chiricahua, tarahumara o yaqui, que comparten
la importancia del viaje iniciático al interior de uno mismo para
tomar conciencia del yo y del camino que habrá de emprender ese yo
revelado, intuido o desvelado. En todos esos textos se recogen aforismos,
proverbios y máximas de lo que podríamos denominar pensamiento
mágico o místico y que comparten un buen número de
religiones, sean monoteístas, no teístas o panteístas.
También se recogen ideas de prácticas diversas que, de una
forma u otra, se vinculan con esas creencias religiosas, desde las artes
marciales a la meditación, sin olvidar, por supuesto, todo lo que
se escribe en torno al arte de la guerra, el bushido o monasterios célebres.
Y en todos ellos se destaca la idea del “guerrero” como la persona
que sabe atemperar y armonizar sus impulsos, que asume valores como la cortesía,
el honor, la rectitud, la nobleza, la justicia o el deber.
Esa suma de conceptos y proverbios, tomados en su mayoría de filosofías
muy heterogéneas, constituye la esencia de un volumen escrito como
glosa a todo lo que, en apariencia, Don Juan habría transmitido a
su discípulo Carlos en el desierto de Sonora. El libro, de Bernard
Dubant y Michel Marguerie, se titula precisamente El camino del guerrero,
y contiene capítulos que analizan ideas como “historia personal”,
“importancia”, “responsabilidad”, “impecabilidad”,
“poder”, “camino con corazón”, “reto”
o “voluntad”; todas remiten a cualidades, valores o conductas
que muestran un modo de ser y estar en el mundo. Cualidades, valores o conductas
que, más allá de la retórica redentora o psicotrópica,
tienen cada día más trascendencia en un mundo dominado por
la estulticia y abocado a la barbarie, y que pueden tener además
una cierta relevancia en nuestra actividad diaria.
Como en todo, ideas tan valiosas provocan usos y abusos. Hay personas dispuestas
a recitar las ideas contenidas en volúmenes como El arte de la guerra
o El libro de los cinco anillos sin asumir que el “camino del guerrero”,
en última instancia, debiera conducir a la paz interior, pues nada
tiene que ver con la trayectoria de gentes que buscan desarrollar su historia
personal (“trepar”) o afianzar su propia importancia (“mandar”),
con estrategias personales o corporativas que buscan el beneficio personal
(“complemento de destino de por vida”) o la derrota del otro
(“lo divergente”). El tener frente al ser, que diría,
todavía hoy, Erich Fromm (Escuela de Frankfurt).
En esa dirección, creo que en nuestras propuestas hemos intentado
ser “impecables”, porque hemos renunciado a nuestras historias
e intereses personales para alentar una idea de teatro que permita que este
arte milenario siga ocupando el centro de la vida de la comunidad, para
que este arte milenario siga potenciando la vida de la comunidad y en comunidad.
Una idea de teatro abierta, plural e incluyente, para que todas y todos
nos veamos reconocidos en ella. Y seguiremos haciendo la senda que hemos
elegido; sin obsesiones, sin angustias, elaborando sueños con el
necesario desapego, y siempre con el corazón…, cual guerreros.
Y en eso estamos, esperando que el buen gobierno tome la senda del TEATRO.



