La mirada incrédula
Por Manuel F. Vieites
Y de nuevo llega marzo. Pero ahora marzo de 2007. Cuatro
años después de aquel 14M, en que se disparaban tantas expectativas.
Cuatro años después de oír la voz que clamaba “¡No
nos decepciones!”. Una voz que, con tantas razones y cautelas, nos
situaba ante la posibilidad de la frustración.
En la misma lógica republicana que entonces se invocaba, lo normal
ahora sería que el equipo electoral del ciudadano Rodríguez
Zapatero tratase de trasladar a la ciudadanía los proyectos que se
quieren desarrollar para la mejora de las condiciones y las perspectivas
de vida de todas y todos nosotros, votantes y no votantes; porque los menores,
los residentes o los ilegales también debieran contar.
Lo que ocurre es que los equipos electorales saben bien dónde se
juega la partida, es decir, la mayoría suficiente. Eso nos lleva
a pensar que lo que realmente interesa es atraer esa masa de votantes que
se consideran críticos para voltear la balanza en una dirección
u otra. Sabemos que las gentes de teatro, y sus votos, poco o nada cuentan,
porque unos miles de votos en nada son decisivos en lo que está en
juego, que nada tiene que ver con una democracia participativa o deliberativa,
pero sí con una democracia representativa, que es a lo que están.
Por eso, son tan difíciles de aceptar las referencias a Pettit y
al republicanismo. También era difícil de tragar el patriotismo
constitucional de J. Mª Aznar, y así lo dijimos (y otros y otras…,
callaban).
Lo bueno sería lo otro, es decir, entender que el teatro también
es un sector que, como los restantes, hay que atender, en tanto forma parte
de la acción de gobierno, como bien de cultura, según la Constitución
en vigor. Lo otro, en definitiva, no es otra cosa, al menos para nosotros,
que el pleno desarrollo de un sistema de creación y difusión
cultural, como es el teatral, a partir de un plan de vertebración
y estructuración; pero no para defender intereses particulares como
los que pasean por despachos, foros y congresos, los que se dicen amigos
y compañeros de partido, a veces incluso presumiendo de carné.
A diferencia de los que aspiran a convertir el sistema teatral en un negocio,
en su negocio, nosotros no estamos en esto por la pasta ni por la plata.
Nace de un convencimiento, político e ideológico, de que el
teatro es un bien cultural, una manifestación artística y
cultural, que se hace cada vez más necesaria para construir una sociedad
más tolerante, plural, abierta, libre y solidaria. Seguimos pensando
que el teatro es la más republicana de las artes, la más comunitaria,
en tanto se vincula al desarrollo de la comunidad, en muy diferentes niveles,
también en el económico, creando riqueza, tejido productivo
y puestos de trabajo.
No estamos en esto por la plata ni por el mercedes, como tampoco lo estamos
por el complemento de destino que cabría sumar a nuestro sueldo de
funcionarios una vez lejos de la dirección general, de la subdirección,
o del equipo de asesores y asesoras… Estamos por lo otro, por el teatro.
Pasarán pues los directores y directoras generales, los subdirectores
y subdirectoras, los asesores y las asesoras, y seguiremos con lo nuestro,
con lo de siempre. Y ellos y ellas volverán a sus vidas, y su paso
por el mundo de la cultura habrá sido tan efímero como sus
obras. Nada en el haber, mucho en el debe, infelizmente.
Porque para las artes escénicas han sido cuatro años que en
nada se han diferenciado de los cuatro años anteriores, para sonrojo
de muchos, incluido el de quien subscribe, que para eso votó por
quien votó. Nada ha cambiado y todo sigue igual, aunque no faltaron
voces que querían incluso que las cosas fueran a peor. Y podrían
haber ido, ciertamente, si determinadas cosas se hubiesen consumado. Menos
mal que el cese llegó a tiempo, aún a pesar de quienes se
afirmaban en el despropósito. Y en ese asunto allá cada cual
con su conciencia y con lo dicho o declarado. Habrá quien afirme
que, después de todo, las cosas tampoco han ido tan mal, pero entonces
habría que dejar clara la perspectiva desde la que se habla. Yo mismo
no debiera afirmar que las cosas han ido mal, situado en el plano estrictamente
personal; incluso podría decir que en lo que a mí misma mismidad
concierne, han ido de perlas. Pero en el nivel colectivo, o comunitario
si se quiere, en el arreglo de los teatros, en suma, las cosas han ido rematadamente
mal, y ahí es donde debemos ser capaces de alejarnos de nuestra circunstancia
personal y movernos en un plano más general. ¿Cabría
preguntar si ha habido, en política teatral, una sola medida de fomento
estructural que se pueda considerar en el haber del gobierno, más
allá del baile de nombres y nombramientos? ¿Una sola medida
en el campo del arreglo de los teatros? Y hablamos de “arreglo de
teatros” no por amor a la retórica sino por reclamar una reforma
estructural del sistema teatral que se defiende de antiguo, desde Jovellanos
o Moratín.
Bueno, en realidad sí ha habido una buena noticia. La inclusión
de una asignatura de contenidos teatrales en el Bachillerato de Música
y Artes Escénicas. Pero la medida pierde calado, a pesar de su importancia,
si pensamos en que el expediente de la regularización de las enseñanzas
teatrales sigue sin resolverse, y lleva camino de eternizarse. A diferencia,
de lo que ocurre en Europa, o en América del Norte. Y en ese campo,
en el de la convergencia con Europa para las enseñanzas artísticas,
las posibilidades eran muchas, sobre todo considerando su escaso coste,
político, social o económico. En realidad eran todo eran ventajas,
y satisfacción universal de los usuarios y usuarias. Pero…
Cuatro años después, ya no cabe dirigir carta alguna al ciudadano
presidente. Menos aún al ciudadano candidato del otro partido con
posibilidades, al colocado de J. Mª Aznar, porque en este caso me puede
invocar al primo, o al cuñado..., y a ver entonces que hacemos. No
cabe hablar del arreglo de los teatros, ni invocar la mentalidad republicana,
por mucho que Pettit se pasee por Madrid…, para acompañar en
la foto, claro está. Los hechos están a la vista. Incluso
el encuentro de Sevilla, fraguado al calor de un supuesto cambio, aumenta
la decepción. Nuestra mirada no puede ser positiva, pues ante lo
que vemos y oímos sólo cabe la incertidumbre cuando no la
incredulidad.
Se ha perdido una legislatura, al menos en el plano colectivo, en el plano
del desarrollo del campo teatral, de su vertebración, de la promoción
de todos los elementos que integran su globalidad, de forma ponderada y
equilibrada. Se han perdido cuatro años que tal vez con otros programas
y otras personas habrían servido para iniciar un camino que probablemente
ahora consideraríamos irrenunciable. Y el gobierno, en su conjunto,
y los responsables de cultura del gobierno y del partido debieran pensar
detenidamente cuál es el balance que pueden presentar para que la
ciudadanía entienda que en el campo teatral se ha hecho algo. Y luego
debieran pensar muy detenidamente si es que en el campo teatral les interesa
hacer algo, porque a lo mejor la respuesta es no y siendo así, y
diciéndolo así, todos sabríamos a qué atenernos.
La palabra teatro es escasa, casi inexistente, en el vocabulario empleado
por los más altos responsables del gobierno y del Ministerio de Cultura,
como lo es en el discurso de los otros partidos. Y eso debe hacernos reflexionar
a todos, pero, en primer lugar, debiera ser un motivo de reflexión
para el propio gobierno y para el grupo político que lo sostiene,
o para los que aspiran a ser gobierno. Todos sabemos lo importante que puede
ser una televisión cultural, la Ley del Cine o la promoción
de la industria audiovisual, y nos alegramos de que el gobierno camine en
la dirección de promover las industrias culturales. Pero ello no
impide que se apoyen otras expresiones artísticas que, sin ser industrias,
pueden hacer importantes aportaciones en la generación de riqueza
y bienestar, en la creación de puestos de trabajo y en el desarrollo
comunitario. Y todo esto no lo decimos nosotros, lo viene afirmando la Unión
Europea, y así se hace, por ejemplo, en diversas publicaciones del
Consejo de Europa desde finales de los setenta.
La Asociación de Directores de Escena ha presentado recientemente
un documento que contiene un conjunto de medidas para el gobierno de los
teatros que debiera ser motivo de consideración y de reflexión
para nuestros representantes, o para quienes aspiran a serlo. No son medidas
que nazcan de la reivindicación gremial o corporativa sino que tratan
de incidir en todos y cada uno de los ámbitos de eso que hemos definido
como sistema teatral. Tras la presentación de nuestra propuesta de
unas bases para una Ley del Teatro, estas medidas vienen a complementar
aspectos normativos que para nosotros son fundamentales. Son medidas que
nacen, además, de una observación atenta de lo que ocurre
en nuestro entorno, en todos esos países con los que debiéramos
converger.
Y en esa dirección, la observación del entorno, tal vez no
estaría de más que el Partido Socialista, en ese afán
por mejorar su programa electoral, también en el campo de la mejora
de los teatros, se rodease de personas de reconocido prestigio llegadas
del exterior. Si es que de verdad se quiere convertir el teatro en un sector
estratégico en el ámbito de la creación y la difusión
cultural, como lo es en muchos otros países, desde Alemania a los
Estados Unidos de América.
Si la creación de ese nuevo DREAM TEAM es una buena noticia, a la
vista de la incapacidad de los ciudadanos y ciudadanas españolas
para aportar ideas, la incorporación al equipo de expertos en políticas
teatrales la convertiría en excelente. Sería magnífico
que el programa teatral fuese una suma de todas las buenas prácticas
que se han desarrollado en el mundo. No tenemos la más mínima
duda de que así tendríamos un programa maravilloso en el que,
con un poco de Inglaterra, otro poco de Canadá, esto de Francia,
eso de Alemania, y aquello otro de Hungría o Chequia, se pondrían
en marcha líneas de activación teatral de tal calibre que
en pocos años nuestro sistema estaría felizmente irreconocible.
Y entonces sí que habría convergencia teatral con Europa,
porque se estarían aplicando políticas europeas.
No podemos perder otra legislatura, porque el modelo actual de política
teatral está agotado. Sería deseable ese Pacto por la Cultura
varias veces reclamado desde estas páginas, que permitiese y sustentase
un Pacto por el Teatro, de forma que muchas de esas propuestas y desarrollos
que se vienen realizando en toda Europa o en América del Norte desde
hace decenios se pudiesen aplicar finalmente en España con independencia
del partido en el poder. En ese caso estaríamos ante la evidencia
de que el teatro sí sería entendido como un bien cultural
y como un servicio público.
No debemos perder otra legislatura. Por eso es hora de que los partidos
políticos, en un ejercicio necesario de responsabilidad democrática,
asuman la obligación ética de mostrar a la ciudadanía
aquello que tienen intención de hacer en los diferentes ámbitos
de la acción de gobierno. En educación, en sanidad, en economía,
en cultura. Y en el caso de la educación y la cultura deben señalar
lo que piensan hacer en el campo de lo teatral, para que todos nosotros,
hombres y mujeres, podamos decidir libremente aquello que vamos a hacer
con nuestro voto y, posteriormente, poder reclamar promesas o aplaudir hechos.
Pero no es que como ciudadanos y ciudadanas no nos interesen otros ámbitos
de la acción de gobierno, que sí nos interesan, y mucho. Pero
el campo teatral agrupa a muchas personas, desde los estudiantes de arte
dramático a los propios creadores escénicos. Y es lógico
que todas esas personas quieran y deban saber a qué atenerse porque
los programas de acción de gobierno pueden contener signos de esperanza
o de decepción. Así, la creación de una compañía
residente en cada ciudad de más de cien mil habitantes generaría,
como poco, más de mil puestos de trabajo directos, lo que para el
sector sería una noticia excelente. Así, la promoción
de las enseñanzas teatrales en primaria y secundaria permitiría
crear no sólo un número muy elevado de puestos de trabajo
para los titulados en arte dramático, sino generar nuevas dinámicas
de creación y difusión cultural en los centros y en sus entornos.
Así, la promoción de la animación teatral permitiría
crear no pocos puestos de trabajo sino potenciar líneas de desarrollo
comunitario en barrios, pueblos o aldeas basadas en la participación
y la recuperación de la idea de comunidad… Sumando, sumando…,
podemos llegar a más de cinco mil puestos de trabajo.
Como vemos, no estamos ante una cuestión baladí. Por eso,
desde aquí les emplazamos, a todos ellos, y sin excepción.
Definan sus programas de educación, animación y dinamización
teatral, y decidan igualmente sus programas en materia de política
teatral. No olviden que ese es su trabajo, proponer para que nosotros podamos
decidir. Propongan…, porque algunos hemos decidido que, al menos en
materia teatral, queremos ser europeos.
En el año 2007 se ha cumplido el centenario del nacimiento de José
Renau (1907-1982). Pintor, fotomontador, muralista, pedagogo militante político
en los años de la República Española, la guerra civil
y el exilio, su personalidad y su obra constituyen una seña de identidad
imperecedera en la plástica revolucionaria española del siglo
XX.
El pasado 12 de septiembre recibí por correo electrónico una
carta de Manuel García recabando mi colaboración al Catálogo
de la exposición panorámica sobre la obra de José Renau
que se preparaba para octubre, de la que era Comisario. Mi cariño
por Renau, la familiaridad que llegamos a tener, unidos a mi deseo de participar
en un evento conmemorativo de notable calado, me llevaron a responder de
inmediato de modo afirmativo.
Siempre he tenido una relación cordial con Manuel García,
más continuada en ocasiones y lejana en otras porque nuestros pasos
marchan por sendas y territorios diferentes. Yo le recordé los días
que pasamos en Venecia con Renau y una comida con Ripa di Meana, de la que
conservaba, según me dijo, un vivo recuerdo y fotos. Yo le hablé
de que tenía otras del pintor con mi hija Laura de pocos meses, sentada
en sus rodillas. Me propuso que las intercambiásemos en trueque amistoso
y cómplice.
Recibí en total tres misivas electrónicas a las que respondí
en cada caso. Como el tiempo que me había dado era corto, debía
entregar mi artículo antes del 1 de octubre, me puse a la tarea de
inmediato. El 1 de octubre le envié las cuatro fotos de Renau en
mi casa, el 2 el texto de mi contribución. Ya no tuve respuesta alguna.
Un tanto sorprendido por el silencio le escribí una breve nota pidiéndole
me confirmara que todo había llegado. Silencio absoluto. Finalmente
cuando se publicó el Catálogo pude comprobar que mi colaboración
no aparecía.
Puedo esperar a estas alturas de mi vida cualquier cosa, pero me sigue indignando
la mala educación, como es el caso. Se me ha pedido una contribución
en términos insistentes y amistosos, a la que respondí de
inmediato ciñéndome a la extensión solicitada y a los
plazos previstos. Sin hacer más preguntas. Puede acontecer alguna
circunstancia azarosa que impida su inclusión, pero entonces hay
que comunicarlo razonadamente. Escoger el hermetismo supone adoptar una
actitud censorial y arbitraria que lesiona la dignidad de quien escribe
y que hubiera sacado de sus casillas a Pepe Renau, eso lo sé bien.
Como felizmente dirijo una revista versátil y en la que nunca haremos
algo así, incluyo el texto aludido porque añade algunas referencias
a la personalidad humana de aquel extraordinario personaje.
Recuerdos de José Renau
Por Juan Antonio Hormigón
La primera vez que el nombre de José Renau apareció
ante mi vista fue hacia 1970. Trabajaba entonces sobre Valle-Inclán
y en la Hemeroteca pude leer la revista Valenciana Nueva Cultura, promovida
por el propio Renau, en la que mantenía una sección titulada
"Testigos negros del siglo XX". No recuerdo cuándo, pero
alguien me dio el soplo de que vivía en Berlín Este, capital
entonces de la República Democrática Alemana.
En 1974 yo estaba preparando la escenificación de El Dragón,
una obra excelente de Evgeni Schwartz. Un gran artesano, Eddie Fisher, iba
a construir aquel gigantesco dragón escénico de tela y bambú,
y viajé con la maqueta que había hecho Fabiá Puigserver
a cuestas, para poder ajustar ambos. Aproveché la ocasión
para pedir a mis anfitriones si podían concertarme un encuentro con
Renau. Me dijeron que lo iban a intentar y al día siguiente me lo
confirmaron.
A primera hora de una tarde de fines de junio, un coche me depositó
frente a la casa de Renau en el barrio berlinés de Mahlsdorf. Era
un edificio de dos pisos, el superior dedicado a estudio, con un amplio
terreno alrededor para jardín. Todas las viviendas del entorno eran
similares y muy cerca se alzaba un bosque espeso y frondoso. Allí
estaba Renau acompañado de su hija Teresa y de una discípula,
Marta Hoffmann, que entonces le acompañaba.
Aquel primer encuentro duró horas, creo que unas ocho o nueve, quizás
más. Yo estaba al comienzo un tanto cauteloso ante aquel personaje
que además de ser un artista plástico de extraordinario interés,
ocupaba por derecho propio un puesto en nuestra historia: había sido
Director General de Bellas Artes, con Jesús Hernández como
ministro de Instrucción Pública; responsable de la operación
de salvamento de los tesoros artísticos del Museo del Prado; organizador
del Pabellón español de la Exposición Internacional
de París de 1937, etc. Pero a poco, hablábamos ya como dos
amigos que se conocieran de antaño. Su verba torrencial, su tono
confianzudo, su afabilidad, su socarronería inveterada, sus improperios
saludables, favorecían que esto fuera así.
La mayor parte de nuestra plática giró en torno a su vida
y su trabajo como pintor, muralista, fotomontador, teorizador del arte a
la par que activo militante en la política. El destilado de todo
ello, lo recogí en una amplia entrevista que apareció en la
revista Triunfo el 10 de agosto de ese mismo año. Pero me contó
muchas otras cosas que no reseñé entonces con claridad, desde
cómo había sido su toma de posesión como director general,
hasta los accidentes que sufrió en México que el consideraba
fueron atentados contra su vida, las peripecias valencianas en sus comienzos,
algunos sabrosos comentarios en torno al Congreso de Intelectuales de Valencia
o su vida y trabajos en la RDA. Me mostró en su estudio, con minuciosidad
de artífice, algunos aspectos del diseño y materialización
de sus murales.
La locuacidad de Pepe Renau era torrencial, pero también impagable.
No tuvo inconveniente en mostrar sus discrepancias con la dirección
del PCE, aunque nunca se hubiera permitido provocar una renuncia escandalosa.
Salí de allí llevando bajo el brazo un ejemplar de Fata Morgana
USA, en donde se incluyen algunos de sus fotomontajes más relevantes.
Un regalo que me llenó de placer y halago.
Cuando volví a su casa meses después, estaba admirado de la
minuciosidad y exactitud de mi entrevista. Me dijo que había llegado
a desconfiar porque veía que no tomaba ninguna nota. Era cierto.
Conservé todo en mi cabeza y la escribí de memoria. En 1976,
coincidiendo con una parada en Berlín a mi regreso de una estancia
en Estocolmo, nos encontramos de nuevo. Debió de ser a finales de
julio. Le visité de nuevo en su casa, pero esta vez pasamos casi
todo el día en inagotable coloquio. Nos dio tiempo de pasear por
la orilla del bosque, comimos, me contó sus experiencias muralistas
con Xiqueiros, me mostró una vez más documentos, bocetos y
estudios de los murales que había realizado para la Nueva Halle,
etc. Conocí a su hijo que era arquitecto, e iba a construir su nuevo
estudio en el jardín. Después me acompañó hasta
el tranvía o tren eléctrico que me llevaría hasta Alexanderplatz.
Pero sobre todo estaba radiante y un poco conmovido, aunque lo disimulaba
todo lo que podía, por su próximo regreso a España
que tenía ya apalabrado.
En esta ocasión me habló mucho de la importancia que tenía
para él la lucha ideológica y la acción cultural. Concedía
a todo ello una enorme importancia. Renau fue siempre, y en mi opinión
es uno de los rasgos que lo definen, un ser humano que actuaba por convicciones
firmes y arraigadas en las que fundamentaba toda su existencia, como ciudadano
y como artista plástico, teorizador o pedagogo. Recuerdo las palabras
que me dijo: "Lo que me preocupa es la funcionalidad en el arte. La
función es la intencionalidad más los métodos, que
deben guardar absoluta coherencia. Dime para quién pintas y te diré
quién eres, ahí está el problema de la cultura. Un
intelectual debe ser consecuente con su obra. No se puede dar ambigüedad
y "belleza" como creación y limitarse a firmar de vez en
cuando un manifiesto sobre Vietnam o Chile. La ambigüedad en arte puede
ser una forma de neutralización, de fuga, de escapismo de la realidad."
También de este encuentro dejé en la revista Triunfo oportuno
testimonio en una entrevista publicada el 14 de agosto de ese año.
Volvimos a encontrarnos semanas más tarde en Venecia, en la denominada
Bienal de la España Democrática. El dictador había
fenecido y los italianos quisieron dar apoyo e impulso a los afanes hispánicos
de cambio y democracia. Manuel García, coordinador de la presencia
española en el evento, consiguió que lo invitaran. Yo asistía
por mi parte a unas Jornadas sobre el Teatro en España que había
organizado María Luisa Aguirre D'Amico. Pasamos unos días
extraordinarios en esa ciudad deslumbrante y misteriosa. Nos vimos de forma
habitual en los tiempos libres que nos quedaban.
El maremágnum que viví aquella semana hace que las imágenes
evocadas se confundan y no tengan la claridad precisa. Sin embargo recuerdo
muy bien una comida en la terraza de un restaurante sito en un "campiello"
junto a un canal, bajo un entoldado, en la que con Renau compartimos manteles
el Presidente de la Bienal, Carlo Ripa di Meana, Manuel García y
yo mismo. Había una quinta persona que no intervino en la conversación
y ni siquiera sé si llegó a probar bocado. Se trataba de un
fotógrafo que hizo una larga serie de tomas del grupo y muy en particular
de quien era centro de nuestras atenciones. Pepe estuvo aquel día
extraordinario en su casi monólogo, contándonos historias
de todo tipo sobre la guerra y sus experiencias del exilio. Ripa di Meana
tenía el rostro embebido por la fascinación que le producían
sus palabras, admirado del personaje que tenía delante y que para
él, europeo de buena ley, era un pedazo de historia, nada más
y nada menos.
Y Pepe Renau vino a España, como a él le gustaba decir. Estuvo
sobre todo en Valencia y realizó varias exposiciones. Yo apenas lo
vi. Un día del mes de mayo de 1978 me telefoneó para pedirme
que le diera asilo: "Tenme unos días en tu casa, aunque sea
en un rinconcito", me dijo con voz menos briosa que de costumbre. Allí
recaló, desde luego. Me contó entonces que se sentía
agobiado por las alusiones constantes al dinero del consorte de una familiar
próxima. "No puedo más", me espetó ya recuperado
el ánimo y la firmeza en la voz.
Fueron tres o cuatro días de vida familiar los que pasó con
nosotros. Estuvo encantador. Parecía contento, no quería causar
ninguna molestia y todo le parecía bien. Enfundado en un batín
azul oscuro, o con un pantalón de pana gris y una camisa a cuadros,
se pasaba horas hablando conmigo y con mi mujer. Nuestra hija Laura tenía
entonces once meses y lo llamaba "yayo". A poco de nacer le detectaron
una luxación congénita de cadera y estaba escayolada desde
la cintura hasta los pies. Como comentario jocoso y un tanto ácido
a la par, decíamos: "¡Mira que si acaba siendo bailarina
de ballet!", y el augurio aquel se ha cumplido y Laura es primera bailarina
de ballet clásico. ¡Cuántas veces recordamos a Pepe
rememorando estas cosas! También hicimos algunas fotos con mi hija
sentada en sus rodillas, que conservo con cuidado sumo.
Aproveché la ocasión para hacerle un pequeño encargo.
El Ministerio de Cultura me había pedido que diseñara y dirigiera
una exposición sobre Valle-Inclán, destinada al Festival Mundial
del Teatro de las Naciones que iba a celebrarse en Caracas. Logré
sin problemas que los responsables del ministerio aceptaran que el cartel
lo hiciera Renau; a él le pedí que lo diseñara si le
apetecía. La verdad es que había percibido que constituía
una posibilidad a mi alcance conseguirle de este modo algún dinero
que le iba a venir muy bien. Hizo un boceto polivalente que sería
cartel, portada del catálogo y cubierta del disco que íbamos
a hacer recuperando la voz de Valle-Inclán.
Recuerdo muy bien su inquietud cuando me lo mostró. Era un cartel
estupendo al que puso el lema autógrafo de "Homenaje a Bagaría"
en la parte baja a la derecha. Los tres colores escogidos eran los de la
bandera de la República. La misma sensación de leve ansiedad
reapareció cuando fuimos a enseñárselo a los responsables
del ministerio. Quizás no entendieron demasiado lo que proponía,
pero hicieron expresivos gestos de aprobación y le dedicaron palabras
de elogio. Pepe se tranquilizó con aquello y todo vio la luz en tiempo
en forma. Tuve cierto sentimiento de tristeza observando a un hombre de
su fuste y talla, inquieto ante lo que podría decir un funcionario
desconocido sin mayor relieve.
Debió ser por aquellos días cuando se produjo un acontecimiento
singular. En una especie de restaurante castizo de la calle Factor, ubicado
en unas cuevas bajo la muralla árabe, se celebró una cena
de homenaje a Santiago Carrillo por la publicación de su último
libro, creo que El año de la Constitución. No éramos
muchos los asistentes, pero yo llegué unos minutos tarde porque había
estado con Pepe, y todos los puestos estaban ocupados. Me pusieron una silla
en el lado libre de la mesa presidencial, de espaldas a la concurrencia
y frente a Carrillo.
Fue una ocasión para hablar de esas cosas que sólo pueden
tratarse en ocasiones así. Le comenté como de pasada la causa
de mi retraso. Se quedó algo sorprendido y me interrogó: "¿Tú
de qué conoces a Renau?". Le puse al corriente de las entrevistas
que había publicado y todo lo demás. Entonces me espetó:
"Yo creo que Renau está muy «cascao»". Ahora
el sorprendido con desagrado fui yo. Le respondí que yo lo encontraba
estupendo y pasamos a hablar de otra cosa. Le conté el comentario
a Pepe a la mañana siguiente, se puso serio y arguyó contundente,
tengo fijas sus palabras: "Haberle dicho que todas las personas honradas
acaban por encontrarse, de eso nos conocemos", y no dijo más.
Creo que después de aquello no volví a verle. Supe que había
vuelto a Berlín, que retornó a España alguna vez, pero
no coincidimos. Yo estuve en México bastantes meses y quizás
si me telefoneó no pudo encontrarme. Un día de 1982 supe de
su fallecimiento por los periódicos. Lo sentí como si se tratara
de un familiar cercano, un amigo fiel y un pedazo de nuestra historia a
un tiempo, que nos había abandonado. Como siempre, nos queda la memoria
y también la certeza de que es cierto aquello que decía Valle-Inclán:
"Nadie muere por completo mientras es recordado". Por eso dejo
aquí este breve testimonio.



