Gobernar para la cultura
por Juan Antonio Hormigón
El lunes 12 de mayo se produjo la comparecencia de Juan Carlos Marset, Director General del INAEM, ante los periodistas. Algunos representantes de organizaciones de las artes escénicas y de la música estuvieron presentes a su vez. Con verbo pausado e intensidad en sus formulaciones, el alto cargo ministerial presentó los fundamentos de las propuestas que iba a describir, expuso el plan de cuarenta iniciativas que su departamento propone para la presente legislatura y se centró en los diez que en su opinión eran los de mayor entidad y calado.
La primera reflexión que cabe hacer y no dudo en darle un notorio énfasis, es que se trata de un plan construido con seriedad y solvencia, madurado y atento a buscar una coherencia de conjunto. No es fruto de la improvisación, ni de un afán escenográfico, sino el intento de dar soluciones a la situación en que se hallan dos importantes segmentos de la cultura española: las artes escénicas en su conjunto (teatro, danza, circo, títeres, etc.) y la música, buscar su transformación y desarrollo, regular el territorio y procurar su homologación con Europa.
Todo ello evidencia algo que constituye una excelente novedad: el Ministerio de Cultura ha decidido gobernar. Pocas veces en el periodo democrático -de lo de antes mejor no hablar- se han adoptado actitudes de este tipo y nunca por supuesto en las artes escénicas. Quizás quien lo intentó de forma infructuosa fue Tomás Marco, que se vio desasistido por su ministra y por el gobierno del PP y apenas nada pudo hacer. Así y todo, fue el único director general hasta la fecha que quiso hacer una Ley del Teatro y entendió que la adquisición de un edificio teatral para incrementar el patrimonio público, el de la Comedia de Madrid, constituía una cuestión fundamental. Por desgracia, aquel importante paso adelante no tuvo continuidad. Por otra parte, se cerró debido a unas necesarias labores de rehabilitación y durante el trienio negro para las artes escénicas de la anterior legislatura, no se hizo nada para ponerlo nuevamente en funcionamiento. El actual ministro ha tomado directamente la ejecución de las obras para que estén concluidas en el plazo más breve posible.
Una de las cuestiones que la ADE ha reclamado en sus escritos o en sus encuentros con la administración, ha sido justamente que quienes ocupan los cargos de responsabilidad en la cultura gobiernen, lo cual supone elaborar proyectos globales para la promoción, desarrollo y regulación de las artes escénicas y la música, que permita su consideración ponderada por parte de la sociedad civil. Podrán ser mejores o menos buenos, quizás haya cosas que salgan mal y sea preciso introducir correcciones, pero el plan emprendido debe partir de unos fundamentos y trazarse unos objetivos. En mi opinión lo propuesto por el Ministerio de Cultura a través del INAEM responde a esta estructura. Lejos de esa actitud de quienes venían a ocupar los cargos para vestirlos, para viajar, para mantener lo existente y todo siguiera igual o para construir redes de nepotismo o servicios mutuos, este Ministerio ha decidido gobernar, nada más y nada menos.
Curiosas reacciones
Muy pronto, casi desde su nombramiento, el ministro de Cultura se ha encontrado frente a preguntas periodísticas de una impertinencia y desinformación, cuando menos, notable. Puede aducirse como excusa la notoria ignorancia respecto a cuestiones de gobernación de la cultura que aqueja a los entrevistadores, pero podemos preguntarnos a su vez por qué los responsables mediáticos comisionan a personas de este tipo para dicha función.
Es bien sabido que ha sido práctica habitual que los cambios de gobierno o del titular de un ministerio vayan acompañados de la renovación de los cargos de confianza, entre ellos el subsecretario y los directores generales. Es lógico que un ministro designe su propio equipo, faltaría más y allá él. El actual titular de Cultura sustituyó tan sólo al primero y a dos de estos últimos tras su toma de posesión y a uno más tras su ratificación en el pasado abril. Sin embargo se le ha intentado presentar como alguien que desechaba directores generales por capricho y estos fueran puestos vitalicios e inamovibles. Una reportera de un programa televisivo, hermosa y necia a la par, se atrevió a espetarle que lo llamaban "Terminator" porque cesaba a todo el mundo... y las reformas que se anunciaban. Es evidente que se ha pretendido inducir una deliberada opinión por parte de los agentes de ciertos medios de comunicación, de que lo que sucede es un atropello.
En diferentes instancias y situaciones, idéntica actitud se ha manifestado respecto al director general del INAEM. En la comparecencia a que he aludido al comienzo, sorprendió extraordinariamente las preguntas que le dirigieron los reporteros presentes. Ante aquella serie de propuestas de un fuerte calado por lo que respecta a reformas y proyectos, sólo se le preguntaron por cuestiones nimias, irrelevantes o relacionadas con nombres propios. Realmente había posibilidades de plantear cuestiones agudas y significativas, pero al parecer eso no les interesaba. Puede que a los lectores, sí.
No es menos curioso observar en este sentido como El cultural de El Mundo publicaba el día 5 de junio en su sección "La Papelera", firmada con el seudónimo colectivo de Juan Palomo, un ofensivo y calumnioso soneto contra el actual director general del INAEM. Soneto anónimo, por si fuera poco, para ocultar la manifiesta cobardía de quien eso dice. Sin embargo se guardó en el pasado un absoluto silencio respecto a la ausencia de proyectos y acciones, a la galbana, desidia y otras cosas peores, de que hizo gala quien detentó dicho cargo durante el trienio negro anterior.
El sentido de las propuestas
Lo que el director general del INAEM ha presentado a la opinión pública, ha consistido en un paquete de cuarenta medidas que afectan al teatro, la música, la danza, el circo y los títeres. De ellas seleccionó en su exposición, por considerarlas las más notables, las diez cuya ejecución se pretende iniciar desde ahora mismo. La primera de todas ellas es la preparación de una Ley de las Artes Escénicas y la Música que será presentada al Congreso de los diputados para su aprobación. Se comprometió a plazos concretos: entre los meses de marzo y mayo próximos todo estará dispuesto.
El conjunto de iniciativas planteadas es muy variado. Unas corresponden a realizaciones de carácter ministerial como son la conversión del INAEM en Agencia Estatal o la construcción de la Ciudad de las Artes Escénicas dotada de amplias funciones. También a la creación de diferentes centros, desde el dedicado a la música antigua hasta el del flamenco, que se ubicarán en diferentes ciudades españolas. Igualmente hizo hincapié en conferir carácter netamente institucional a las unidades de producción que dependen del Instituto, lo cual implica tanto el establecimiento de objetivos determinados o las formas de contratación y responsabilidades de quienes las dirigirán, como la concreción de sus compromisos expresos.
Otras responden a la necesaria ordenación de las diferentes áreas sobre las que tiene competencia el INAEM, algunas de las cuales exigirán soportes normativos. Varias de ellas tendrán igualmente que ser articuladas con la sociedad civil teatral -con toda ella, claro está-, aunque otras veces con segmentos específicos.
A estas propuestas programáticas habría que añadir el Código de buenas prácticas elaborado por una amplia comisión de juristas prestigiosos, dos teatrólogos y un antiguo director general y subsecretario del ministerio. Hasta donde sabemos -todavía no ha sido publicado-, el citado código pretende establecer las pautas que regulen los procedimientos de selección de los responsables de las diferentes unidades de producción, y aquello a lo que se comprometen mediante la firma de un contrato-programa.
Lo que se pretende es suprimir el sistema existente, que entre otras muchas cosas no se ajusta a derecho y ha consistido en la designación directa de los responsables por el director general de turno como si se tratara de cargos de confianza. En ocasiones ha podido escogerse a personas adecuadas pero en otras quizás se prestó al capricho o al amiguismo del detentador de la "potestas". Hay que subrayar que un mecanismo como este corresponde a etapas predemocráticas y no existe en ningún país europeo ni en ninguna democracia establecida. En definitiva se trata de que la elección la lleve a cabo un Consejo a partir de los proyectos específicos que se presenten. Dicho Consejo, se supone que de notables, deberá evaluar la competencia profesional en la dirección de instituciones públicas de los candidatos, así como la continuidad de los proyectos, la calidad objetiva de las realizaciones, la consistencia del trabajo en periodos ponderables, etc.
Prevé igualmente que dicho organismo sea quien establezca la evaluación de la actividad realizada, evitando cualquier forma de impunidad. En un importante discurso que el Presidente del Gobierno hizo en el Parlamento nacional cuando el señor Ibarretxe presentó su fracasado proyecto estatutario, aseveró que la democracia supone un sistema de sucesivos controles. No cito al Presidente por lo que dijo, sino porque dijo lo que es. El problema es que para algunos sectores de la vida española los mecanismos de control se han obviado, o se ha hecho dejación de las responsabilidades que conlleva la asunción de un cargo público en su aplicación. Un caso tan tétrico como el de Coslada tiene mucho de esto.
La supervivencia de dichas conductas en áreas concretas, particularmente en la cultura, nos ha llevado a que tras treinta años de democracia, no se hayan racionalizado y con frecuencia se hayan pervertido su naturaleza y sus objetivos. La primera cuestión que late en el conjunto de reformas que se plantean, es esta, y desde el punto de vista del desarrollo democrático su resolución constituye una necesidad ineludible.
El lado oscuro
A pesar de todo lo dicho, hay quienes afirman con rotundidad y con evidente impudicia ética, que no deben existir ni regulación ni controles en cuanto al funcionamiento de los centros públicos de producción y, por extensión, sobre el dinero público para el teatro. Siempre han pensado que la utilización del erario público por ellos y en su provecho, es algo incuestionable y están dispuestos a lo que sea para mantener dicha situación. Desprecian el interés general o lo consideran algo ilusorio, en aras de su interés particular.
Sin embargo el dinero público para la cultura no es una entelequia sino algo constatable, que emana de las contribuciones al erario por parte de la ciudadanía. El Gobierno tiene el deber de distribuirlo adecuadamente, pero también salvaguardar el principio de que redunde en el bien común y el interés general. Por supuesto que esta cuestión es mucho más compleja y tiempo habrá para desarrollarla, pero cualquier actitud que tienda a su utilización espuria se contradice frontalmente con el buen gobierno o con un comportamiento cívico democrático. Quienes piensan que debe servir a sus intereses particulares no cejarán en sus esfuerzos para preservar esa situación y podrán construir conspiraciones, urdir desprestigios o practicar la intoxicación desinformativa. Todo vale cuando lo que se trata es de dinero.
Para concluir: la ADE apoya resueltamente las medidas propuestas porque suponen un acontecimiento histórico. Por primera vez estamos ante un plan de gobernación para las Artes escénicas y eso constituye un hecho determinante de enorme calado. Sabemos que la labor es ardua y que quizás no todos los proyectos puedan tener cumplida ejecución, quizás algunos pueda pensarse que no son substantivos y que sería más urgente acometer otros. Pero todo ello nos lleva a la posibilidad de inducir un debate constructivo, que logre la necesaria síntesis siempre que estén claros los objetivos.
Nuestro apoyo, como siempre hemos proclamado, es leal, pero no está exento de que hagamos las consideraciones críticas que estimemos oportunas si así lo consideramos. Sabemos que se inicia un camino y creemos que hay que apoyarlo, porque eso es lo propio de un pensamiento y una actitud progresista y consciente respecto a la "res publica". Bien distintos ambos, por supuesto, de lo que traslucen quienes creen que basta con dar saltitos en algún balcón, conspirar sobre la nada general y el beneficio particular en cualquier antro o mansión, o hacer el gesto oportuno que a nada conduce para considerarse los reyes del mambo. Aquí y ahora nos sobra mambo y nos falta estudio, rigor, estructura, pasión por la cultura y un hondo sentido de lo que somos como españoles y europeos.
¡Ojalá que nos vaya bonito!
por Manuel F. Vieites
Confieso que mi primer impulso fue titular está crónica con un somero “Por fin, la Ley”, pero conviene no precipitarse. Todavía queda un largo camino por andar antes de dar rienda suelta a las celebraciones, o a las lamentaciones. Es preferible recoger las palabras de José Alfredo Jiménez y con ellas formular un deseo de cambio, de transformación profunda con la que dejar atrás un pasado sombrío y encarar el futuro con ilusión y esperanza. Y que la Niña Blanca de Hidalgo nos acompañe, que esta es una profesión periférica, arriesgada y atormentada.
El anuncio de que el Ministerio de Cultura, a través del INAEM, promoverá la elaboración de una Ley de las Artes Escénicas y la Música es una noticia excelente para la inmensa mayoría de las gentes del teatro. Como lo es, igualmente, el Plan Estratégico que ha elaborado el INAEM para el período 2008-2012, y que supone una declaración de principios e intenciones sumamente oportuna, por lo que debemos felicitar a los responsables de su redacción, comenzando por el titular del departamento, el señor Juan Carlos Marset.
En tal tesitura, evitamos pensar en clave de pérdidas o ganancias, porque está claro que con una buena Ley quien de verdad sale ganando es el Teatro; y si el Teatro gana, se supone que todas y todos saldremos ganando, en tanto esa Ley sirva para normalizar, regularizar y desarrollar el sistema, y caminar en la senda de la convergencia con Europa.
Entonces, no estaría de más señalar algunas cuestiones que tal vez puedan facilitar que lo que hoy es apenas una esperanza se convierta en una realidad en la que nos podamos reconocer y reconfortar. Son cuestiones de carácter conceptual y teorético, que debieran iluminar el proceso de concepción y redacción del documento. Señalaré, a modo de simple recordatorio, algunas de las más relevantes porque ya hay suficientes materiales publicados, algunos propios y muchos ajenos, como para afrontar ese reto con garantías de éxito.
En primer lugar, está la noción de sistema, en tanto las políticas de desarrollo de las artes escénicas o de la música no cabe concebirlas como actuaciones sectoriales o parciales, porque la historia de estos últimos años muestra que tales medidas no son suficientes para lograr objetivos estratégicos, ya que el desarrollo de una parte depende del desarrollo del todo, y viceversa. Como hemos podido ver tantas veces, la recuperación de un teatro puede acabar por no ser más que la simple restauración de un inmueble (política patrimonial), sin otra incidencia en el sistema teatral (política teatral) que el aumento del patrimonio arquitectónico del Estado, de una Comunidad Autónoma, de la Diputación, del Ayuntamiento o de la Caja de Ahorros de turno. En esa dirección, de poco sirven las medidas de apoyo a la creación si no se desarrollan medidas de fomento de la recepción, líneas de trabajo que incidan en la visibilidad y la valoración positiva del teatro. Una política teatral que se proponga el fomento de las artes escénicas y de la música debe tener, en consecuencia, una dimensión integral y global, porque el todo es mucho más que la suma de las partes. Y esa lógica sistémica, como ya se ha dicho, implica la participación de instituciones varias, desde el Ministerio de Cultura al Ministerio de Educación, desde las Comunidades Autónomas a los Ayuntamientos. Por eso es tan importante ese Pacto por el Teatro, o Pacto por la Cultura, que se ha reclamado desde estas páginas.
La participación del Ministerio de Educación resulta especialmente trascendental por cuanto la visibilidad del teatro depende de una política educativa que promueva tanto el valor pedagógico de la Expresión Dramática y de la Expresión Teatral (como herramientas fundamentales en el desarrollo de competencias básicas y en la formación para la ciudadanía), como su incidencia en el desarrollo de hábitos de relación del alumnado con el acontecer cultural y de participación en el mundo de las artes y la cultura. El Ministerio de Educación todavía tiene pendiente la puesta en marcha de un proceso de normativización y regularización de la enseñanza teatral y de fomento de la presencia del teatro en los centros educativos, ámbito en el que España lleva un retraso acumulado de más de cien años, que ya es decir. La convergencia con Europa es, a día de hoy, pura utopía.
En segundo lugar, debiéramos recordar que el edificio teatral es un elemento central del sistema, desde el que se promueven o en el que convergen las interacciones de los elementos del mismo. La propia etimología del vocablo nos remite a ese lugar desde el que se puede ver, pero también define lo que se ve desde el punto de observación. Una de las medidas más necesarias para el desarrollo del sistema consiste en convertir los teatros, salas y auditorios, al menos los de titularidad pública, en centros de creación, en espacios en los que la compañía titular del teatro (que no propietaria) pueda desarrollar un proyecto estable para una ciudad o una comarca. Así ocurre en Francia, en Alemania, en los Estados Unidos de América o en Inglaterra. El lema ,“Un teatro, una compañía”, debiera informar e inspirar los trabajos de elaboración de la Ley y presidir las negociaciones, acuerdos y consensos entre las Administraciones Públicas, en las que debieran participar, además de los de Educación y Cultura, los Ministerios y las Consejerías de Trabajo, Innovación y/o Industria, en tanto estamos hablando de la configuración y consolidación de un tejido productivo que puede tener un rol fundamental en la generación de riqueza, material e inmaterial, bienestar y puestos de trabajo, sin olvidar las dinámicas de innovación e investigación ( I+D+i ). Y esto no es una idea propia; proviene, de antiguo, de las instrucciones de la Unión Europea a propósito de la necesidad de potenciar el sector terciario, en el que sitúan los servicios culturales.
En tercer lugar, hay que establecer medidas efectivas para luchar contra la precariedad en el empleo y por la estabilidad, para desarrollar todos los bancos de trabajo que se puedan derivar de la regularización de la música y las artes escénicas, y de nuevo la idea de sistema nos parece especialmente relevante. Y aquí habría que vincular estabilidad con buenas prácticas, calidad y excelencia, porque la mejora permanente en la creación y la difusión es imposible desde la precariedad actual, y mucho menos la investigación o la innovación. Es aquí donde los Ministerios y las Consejerías de Trabajo, Industria, Ciencia o Innovación podrían promover líneas conjuntas de actuación, en consonancia con diversas directrices europeas que insisten en las virtualidades de la creación y difusión artística y cultural para generar puestos de trabajo y promover nuevas oportunidades de ocio y tiempo libre.
En cuarto lugar, es fundamental establecer líneas de promoción de nuestras dramaturgias: las presentes, las pasadas…, y las futuras. Poseemos un patrimonio literario de primera magnitud y una y otra vez nos vemos gratamente sorprendidos ante la recuperación de un autor que se había perdido u olvidado en los manuales de historia de la literatura dramática, sin olvidar a tantos autores o autoras que asisten impotentes al silencio escénico de sus creaciones. Como decimos en otro lugar, ese silencio sólo se podrá superar cuando los teatros sean espacios de creación.
En quinto lugar, se deben considerar políticas transparentes referidas a recursos humanos, de modo que para cada puesto se pueda contar con la persona más cualificada y adecuada, primando los principios de publicidad, mérito, experiencia y capacidad. Es necesario poner coto a la discrecionalidad en la provisión de puestos de trabajo, de terminar con la arbitrariedad en la designación de puestos de responsabilidad en la gestión de las estructuras e instituciones del sistema teatral; la función pública tiene mecanismos suficientes para adecuar los mecanismos de selección del personal a las necesidades del puesto a desempeñar. También es importante poner límites al desempeño de un cargo y establecer mecanismos transparentes en su renovación, como ocurre en todos los ámbitos de la administración pública, donde tienen una duración limitada, incluso en el número de las renovaciones.
Finalmente, se hace especialmente necesario saber buscar los puntos de encuentro y las especificidades de los campos convocados: música y artes escénicas. La Ley debe atender las demandas de carácter general pero sin olvidar las demandas específicas, que ni son las mismas ni siempre son convergentes. Se precisa un trabajo de encaje muy fino dadas las complejidades de elaborar líneas de actuación que supongan una puesta en valor de los campos señalados que no fomente discriminaciones, ni positivas ni negativas, pero que atienda las necesidades reales de cada ámbito de creación y difusión, con planes estratégicos en cada caso. Y aquí pueden aparecer dificultades, si además se convocan o inducen corporativismos. Porque podría ocurrir que al amparo de la demanda de la creación de una compañía residente en cada teatro público, alguien diese en reclamar, por lo mismo, la creación de una compañía de danza o de una orquesta sinfónica en los mismos teatros.
Para llegar a la Ley, y para llegar a una buena Ley, queda un camino largo y tortuoso, pero será posible hacerlo con el apoyo y la colaboración de todas y de todos. Y que, al final, nos vaya bonito, bonito de verdad, por el bien de los teatros y para su arreglo definitivo. Buenas noches…, y buena suerte.





