Asociación de Directores de Escena de España

Editoriales Nº 123.

La hora de las verdades

por Juan Antonio Hormigón

Debo reconocer que hay algo que me produce una cierta irritación a la hora de escribir un editorial para nuestra Revista. No es infrecuente que el tema abordado sufra derivaciones o transformaciones que modifican en aspectos de mayor o menor envergadura parte de lo que se ha dicho. La periodicidad y el tiempo que media entre escritura y aparición impresa, juegan en este caso en nuestra contra. Todo ello tiene aspectos positivos pero también otros negativos que son los que me provocan esa "cierta irritación" de la que hablaba.
La rapidez con que se han venido produciendo los sucesos desde el pasado septiembre, me han llevado a esperar al último momento para redactarlo. He podido contar así quizá con algunas confirmaciones fehacientes, pero seguimos estando expuestos a cualquier contingencia que pueda originarse.

I
Hay dos cuestiones que encuentro relevantes y merecedoras de atención, así como la imagen que de ellas se ha dado y se da en los medios, televisivos sobre todo, La primera de ellas han sido las elecciones en Estados Unidos y el triunfo de Barak Husein Obama. Se trata de una buenísima noticia sin duda, aunque cualquiera es mejor que lo que había. Obama ha aparecido en la campaña como un personaje de temple firme, discurso fluido, centrado en temas que inquietaban a la ciudadanía. Su discurso de aceptación de la nominación como candidato fue excelente, no sólo por su bien construida estructura o su competente factura formal, sino ante todo por su contenido que señalaba su deseo de recuperar el tono democrático de la sociedad estadounidense, así como una nueva formulación de las relaciones entre capital y trabajo.
El hecho de que Obama despierte numerosas simpatías y que muchas personas a lo largo y ancho del mundo lo miren con beneplácito y esperanza, no asegura que no vayamos a tener crueles decepciones. Al fin y al cabo se trata de un Presidente de los USA y por tanto sujeto a presiones que no podemos imaginar, por parte de quienes han tenido secuestrado el gobierno de ese país para su propio beneficio. Son muchos los que allá y acá consideran a Bush como el peor presidente de la historia de su país, lo cual ha potenciado la dimensión de Obama como un liberador. Pero quizás muchos piensen que las miserables condiciones que ha dejado su antecesor puedan resolverse sólo con buenos deseos y eso no será así.
Con ser importante el proceso de movilización que ha generado y que finalmente le ha conducido a la victoria, los problemas que afectan a la sociedad estadounidense son de una magnitud inmensa y de complejidad notable. Obama se encuentra con dos guerras abiertas, la ignominia de Guantánamo, un desfondamiento económico de proporciones difíciles de medir todavía y una serie de mitos familiares de los que muchos participan y que ya no son ciertos. Estados Unidos no puede seguir creyéndose el amo del mundo y rigiendo sus acciones por criterios unilaterales. Ni tan siquiera será pronto la primera economía mundial porque el crecimiento y progreso de China es por el momento vertiginoso. El mundo ya no podrá ser unipolar, felizmente, y los sueños imperiales sólo son quimeras. ¿Quién va a ser capaz de decirle a buena parte de la ciudadanía que ya no son lo que les quisieron hacer creer que eran? Si Obama lo lograra pondría a su país de nuevo a la altura de la civilidad y no de la barbarie, como hizo Bush.
Curioso ha sido sin duda el tinglado mediático que ha rodeado el proceso electoral estadounidense, allí porque ya lo era y aquí porque hemos llegado a las más altas cotas de sustitución del debate político por el espectáculo televisivo. La degradación de la política tal y como se orienta en la mayor parte de estos programas es un hecho ostensible. Pero además se vertieron opiniones que eran como para quedarse boquiabiertos. Con tono exultante tuvimos que oír lo admirable que era ese país, la solidez de su sistema electivo, la calidad de los debates, el buen tono de los candidatos, etc.
Algunas de estas cuestiones son ciertas y otras radicalmente falsas. De pronto se nos pretendía hacer olvidar el fraude notorio de las elecciones del 2000 en las que Bush se hizo de forma ilegal con la presidencia, las notables fallas de la mecánica electoral y del propio reparto, la incongruencia entre el voto popular y el del colegio electoral, los desmanes belicistas, locura imperial y atentados contra el derecho internacional y de gentes que los gobiernos de ese país llevan practicando durante décadas, etc.
Obama lo sabe y por eso ha afirmado que nunca autorizará la tortura. Lo saben todos: un excelente reportaje sobre la CIA que emitió la Segunda cadena de TVE, en el que hablaban desde Secretarios de Estado hasta antiguos agentes, dejaba al desnudo lo que esta entidad hizo contra la justicia, el derecho, el constitucionalismo y las personas. No creo que se nos deba poner a los españoles el ejemplo de lo que se hace en Estados Unidos en esta y otras muchas cuestiones. Los muchos problemas que debemos corregir acá no deberían pasar nunca por la imitación de aquello. Cuando se hace no nos trae sino más problemas o desgracias.
La elección de Obama ha movilizado al grupo de denodados agentes mediáticos, que se sitúan en la extrema derecha aunque no se confiesen como tales. Hemos oído en algún caso calificarlo como un radical peligroso, aunque sea un fanático quien lo afirme. En otros tildarlo de conservador, con expresiones radiantes como ¡Menuda sorpresa se van a llevar! Les hemos oído afirmar: "Cuando Obama le diga -al Presidente del gobierno- que mande tropas a Afganistán..." Estos patriotas de pacotilla encuentran de lo más normal que el presidente del gobierno de España sea un lacayo del de los Estados Unidos. Esta ha sido la historia de los últimos tiempos.
¿Por qué algunos que se denominan periodistas pueden faltar a la verdad o mentir deliberadamente con total impunidad? Día tras día esta dinámica coordinada de intoxicación no tiene reposo. Pregunta: ¿Por qué sólo esta derecha fanatizada tiene espacios monográficos televisivos a su disposición, con un invitado diferente para aparentar pluralismo? Ciertamente, Televisión Española es ahora un paraíso del pluralismo y el equilibro. Algo hemos ganado.

II
La otra gran cuestión que nos ha afectado en este periodo es lo que denominamos "crisis". El aspecto que presenta es el de una implosión del sistema al llegar al límite de lo soportable la voracidad de muchos responsables de bancos financieros, los de carácter más especulativo.
Mucho se ha hablado y se seguirá hablando de este asunto, grave sin duda, pero quisiera hacer tan sólo unas pocas reflexiones:
1.- Escuchaba hace unos días a Mario Conde afirmar: "Esta es una crisis cuyo origen nadie nos ha explicado". En eso creo que muchos estaremos de acuerdo. Sabemos que surge en Estados Unidos, las entidades que la detonan, pero seguimos ignorando de verdad qué es lo que ha pasado. Tardaremos en conocerlo de verdad.
2.- Después de que los detentadores del sistema aparecieran noqueados, que se anunciara el final del capitalismo y temblaran los cimientos de todo un tinglado construido sobre falsedades, a los pocos días se puso en acción a sus agentes mediáticos. Esta pobre gente que en su mayoría saben poco pero hablan con la seguridad de quien parece dominarlo todo, comenzaron a defender el libre mercado como lo único posible y lo más benéfico para la humanidad. Obviando de donde nacía la crisis existente, se hizo hincapié en esta cuestión. Pocos días antes de la reunión de Washington, el saliente Bush hizo un discurso reclamando la misma cuestión. Nadie hablaba ya de juzgar a los responsables, de ajustar cuentas con los causantes de la catástrofe. Ahora se trataba de sustentar el sistema a toda costa. Claro que aquí toda esta parafernalia tuvo algo de grotesco. ¡Qué cosas se han oído!
3.- Todo apunta a que la ansiedad y urgencia por adoptar medidas que salgan al paso de la crisis, lleva camino de hacer olvidar el origen y la sanción de los responsables. ¿Hasta dónde habría que llegar? El catedrático de Filosofía del Derecho Francisco J. Laporta (El País, 12-XII-2008) lo explicaba de modo sencillo y directo: "En el reino de la economía de mercado suceden cosas pero nadie es responsable. Es el reino de la impunidad. Esto, por cierto, contrasta con algunas otras de nuestras actividades cotidianas presididas muchas veces por una obsesiva, a veces incluso obscena, búsqueda de la responsabilidad. (...) El reino de la vida económica, por el contrario, parece impenetrable al juicio de responsabilidad. Hay crisis, recesión, pobreza, paro, lo que sea, pero nadie los ha producido. Se han producido solos".
4.- Emergen no pocas contradicciones. Un gran empresario explicaba que dada la escasa  capacidad de ahorro de los españoles, los bancos tuvieron que pedir dinero a entidades extranjeras a fin de asegurar el desarrollo del país. Los cuantiosos recursos con que el gobierno ha acudido en su ayuda están destinados a que los bancos sufraguen sus deudas. Sin embargo por otra parte, no es del ahorro de lo que se habló antes. La mentalidad que se creó utilizando de forma preferente los medios de comunicación, fue la de gastar y gastar: consumir era la palabra sagrada. Porque el motor del sistema, se decía, es el consumo. Es difícil consumir sin tiento y ahorrar con prudencia al unísono. ¿Hay quién hable del cambio necesario de mentalidad?
5.- El peligro sobre la cultura planea sin recato. En cuanto se tercia y suele ser a menudo, alguno de los agitadores mediáticos se lanza a la denostación de todo tipo de actividades relativas a la cultura, de los actores, directores de cine, pintores, también contra la cinematografía, el teatro o las artes plásticas. Además de la sensación de miedo y desconfianza que han extendido y exacerbado entre la ciudadanía, intentan convertir el medio cultural en una serie de gentes que recibe prestaciones gubernamentales por nada, ya se sabe que son gente que no trabaja y si lo hacen es para expeler mamarrachadas.
Los niveles de ignorancia son tan evidentes que sólo produce sonrojo. Con la cantidad de estudios y publicaciones que existen -también en España- sobre el funcionamiento, organización y financiación de la cultura en los países europeos o en Estados Unidos, parece mentira que tengamos que soportar una y otra vez esta pontificación ignara sólo que dicha con énfasis y que en nada se ajusta a la verdad.
Buena muestra de lo que sucede la protagonizó un empresario como José Antonio Segurado que dijo: "Señores, no se puede negar que el cine, el teatro, las artes plásticas en el mundo han progresado gracias a las contribuciones públicas", mientras el rector de una Universidad, privada, eso sí, y neoliberal fanático, respondía: "De eso habría mucho que hablar".
Algo que produce una mezcla de hastío y repugnancia es la actuación de este grupo de agitadores mediáticos que actúan al unísono y repitiendo expresiones similares, como si se impartieran consignas. Los hay de todas las especies. Un energúmeno clama a voces porque en el pasado franquista las cosas funcionaban mejor; un sonriente y untuoso catedrático de economía como el anterior, se afana por recomendar como agua de mayo abaratar el despido como solución de la crisis; otros varios de diferentes pelajes piden la disminución de impuestos y del gasto público; una dama de abundante cabellera reitera su odio visceral contra todo lo que suene a levemente progresista y ya no digamos al señor Rodríguez Zapatero; otra más bien de perfil pijo, se pronuncia una y otra vez contra todo aquello que se propone desde el gobierno y apoyan las mayorías parlamentarias, aunque da muestras de saber poco de las materias.
Todos coinciden en algo: Rodríguez Zapatero tiene la culpa de todo lo malo, todo en él es negativo, supongo que es parte de su labor política a favor del PP, aunque en realidad son sus peores enemigos. Así es este aguerrido grupo de sabuesos mediáticos erigidos en defensores de los pobres, preocupados angustiadamente por el paro y espadas flamígeras a la búsqueda de corruptos, socialistas o sindicalistas. Que lucen después coches impresionantes y un tren de vida de alto porte. Pero quizá sea tan sólo otra contradicción.

¡Silencio!

Por Manuel F. Vieites

Con motivo de las Olimpiadas de Pekín, la ciudadana María Teresa Fernández de la Vega reconvenía a los deportistas de la delegación española para que se abstuviesen de hacer comentarios políticos durante la celebración del evento, y así hacía pública la opinión del gobierno en torno al tema: mejor callar. Más allá de todo lo que cabría decir en torno a un asunto sumamente complejo, para evitar raseros múltiples, esa advertencia de la ciudadana vicepresidenta no deja de ser un síntoma preocupante de una forma de ejercer el poder que cada día resulta más preocupante. Porque lo que en realidad hace la clase política es ejercer el poder; no lo que debiera hacer: desarrollar una acción de gobierno orientada al beneficio universal de los ciudadanos y las ciudadanas. La clase política se dedica a mandar, no a gobernar, porque gobernar, con permiso de Bibiana Aído, tiene más significados que el de mandar, como guiar, sustentar, arreglar, componer…
Las voces que reclaman o urgen silencio se oyen por doquier, es una constante en muchas esferas del poder, incluido el local y el autonómico (debiera decir gobierno y digo poder, infelizmente). Cualquier disensión, o consideración de carácter crítico, se interpreta como ataque, deslealtad o traición, cuando no como intromisión injustificada en esferas que para nada competen a quien opina (prima mucho eso del “primero, votar, y después, callar”). Esa idea del “mejor callados” también se instala en el pensamiento de muchas personas que evitan opinar, decir, comentar, debatir, por miedos muy diversos, y entre ellos está el de perder la posibilidad de salir en una hipotética foto (y aquí coinciden quien tiene la lógica y sana aspiración a mejorar, quien se decide por la trepa, directamente, y quien persigue hacer caja). Por eso el miedo a decir, a opinar, a disentir, se combina con la boca cerrada, o el halago, según la ocasión. Se hace así un flaco favor a la democracia, con frases como “mejor te estás callado”, “mejor me callo”, “no me conviene”, “no debería”….
El nivel del debate político en España, y en todas y cada una de sus ciudades, provincias, autonomías, barrios, naciones y tribus, en sus varias lenguas y dialectos, se empobrece, y el perfil de nuestros políticos es, lamentablemente, cada vez más bajo, lo cual no tiene que ver tan sólo con la cuestión de la edad, que también, sino con el asunto ese del callar y esperar, pues hay personas que carecen de opinión propia y asumen, sin ningún género de dudas, las directrices que en cada momento se determinen. A medida que pasa el tiempo, cobra más valor aquella frase de Ricardo Mella, contenida en su Ideario, en la que vinculaba el estado de la humanidad con la valía de los dirigentes (no la reproduzco porque, aunque certera, es fuerte). Y es que muchas de las personas que hoy están en política lo están por puro interés personal, y no por una voluntad de servicio, que debemos dar por supuesta y que no siempre es real, pues esa voluntad no se refleja en su acción diaria. Hay excepciones, lo sabemos, que honran a quienes las hacen posibles. Pero esa no es la tónica general, porque la corbata y el traje, o el vestido de marca, tiran mucho, sobre todo para quienes han convertido la escalada en pasión vital; y comprobamos incluso cómo los padres y madres, desde el aparato, colocan a sus hijos e hijas en el aparato, para que el aparato esté controlado y la renovación se haga desde y con el aparato. Algunas designaciones últimas en cargos políticos y otras responsabilidades son aparato. Un espectáculo lamentable, aunque se quiera presentar desde otra perspectiva. Una renovación generacional en familia, el relevo de la “beautiful people” por la “young beautiful people”; es decir, padres y madres por hijas e hijos. Los ejemplos sobran, y algunos para sonrojo de sus promotores o progenitores (según los casos). 
Quienes manejan los hilos de la clase política actual, y controlan el acceso a la acción política de cierto nivel de responsabilidad, están propiciando un despropósito sin precedentes, que tiene mucho que ver con el signo de los tiempos, marcados por la caída de mitos como la libertad, la experiencia o el conocimiento. Me refiero a esa pasión por la juventud, que bien pudiera ocultar un deseo, inconfesable pero real, de algunos gobernantes de rodearse de personas que no les puedan hacer sombra. La impericia de algunos ministros y ministras, o de algunos notables, pasados y presentes, de los equipos dirigentes de los partidos, salta a la vista. Y, mientras tanto, un importante número de militantes, simpatizantes y allegados, con conocimientos y experiencia, se ven relegados, marginados o incluso olvidados. Y nos valdría si esas personas maravillosas que se adueñan del espectro político nos entusiasmasen, con sus ideas y propuestas, con su trabajo diario, con la mejora permanente de la vida de todos y todas. Pero no es así. Lo cierto es que vamos de decepción en decepción, porque la audacia, si no va acompañada de inteligencia, se convierte en gaseosa (y algo de eso también pasa en el campo de la creación artística).
Lo más penoso en todo este asunto, en esa petición imperativa de silencio, que a veces parece advertencia, es que contraviene los principios que aparentemente orientaban la vocación republicana del ciudadano presidente. Porque el republicanismo implica diálogo, debate, deliberación, incluso exige confrontación y disenso, siempre a través de la palabra, de la argumentación, porque la diversidad y la pluralidad enriquecen, al contrario que la unanimidad, que induce dogmatismo. No se puede tocar de oído. Y es muy triste comprobar cómo, en el fondo y la forma, pero también en el tono, las invitaciones al silencio que ahora se nos hacen son las mismas que nos llegaban de otro gobernante de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que utilizaba, e incluso imitaban sus palmeros, esa coletilla insufrible del “mire Usted…”, que sonaba a amenaza, a desprecio, a insulto.
No debiéramos callar, ni olvidar lo que decía el poeta, aquello de que “nos queda la palabra”. Porque, en efecto, la palabra es lo opuesto al silencio, a ese silencio cómplice, cobarde y culpable, que se nos reclama, también para evitar decir “crisis”. No podemos callar. Nuestra obligación, como ciudadanos, es hablar, decir, opinar, convenir, acordar, disentir, deliberar. Porque eso, y no otra cosa, es el teatro: diálogo. Diálogo y crisis, por cierto, y es que las palabras no se pueden ocultar. Y hablando de crisis, de [‘krisis], insisto, que somos [‘kentum], atención a la crisis del fútbol y a la posible amnistía fiscal que podría avecinarse, toda vez que el entramado, a pesar de que “puedan”, se desploma.

 

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